No pretendo en estas líneas hablaros de la vida de Cronos, no quiero que sea una biografía de Venom ni mucho menos. Simplemente quiero compartir con vosotros y vosotras cómo ese señor me ayudó a convertirme en lo que soy ahora.
A Venom llegué gracias a un amigo. Luis fue quien me inició en esto del metal y por aquel entonces yo estaba empezando a tocar la batería. Así que, en mi infinita sabiduría musical, decidí que una buena manera de impresionarle sería aprenderme Welcome to Hell. Lo intenté muchas veces. Muchas. Pero el redoble del final estaba bastante por encima de mis posibilidades. Si Cronos hubiera escuchado alguno de aquellos intentos, probablemente hubiera salido corriendo. O me hubiera fichado para su banda. Ahí radica el encanto de Venom.
No recuerdo exactamente qué pensé la primera vez que escuché Venom. Sí recuerdo la sensación: aquello me fascinaba. El ruido, el caos, la sensación de que quieres que todo el mundo explote a tu alrededor y escuchar Don´t Burn the Witch ayudaba a imaginárselo. Y ahí empezó una de esas madrigueras o refugios musicales en las que te metes con doce o trece años y de las que ya no sales.
Por aquella época tampoco tenía discos de Venom perfectamente ordenados en una estantería. No había una colección de vinilos ni una cuidada selección de CDs. Había eMule. Me descargaba canciones, las metía en el MP3 y a disfrutar. De ahí pasé a Darkthrone, Immortal, Mayhem y toda esa música que, desde fuera de mi habitación, probablemente sonaba como si estuviera usando una radial.
Y entonces estaba aquella camiseta. Tendría unos doce años cuando me la compré en uno de los puestos de las fiestas de mi pueblo. Era la camiseta del Black Metal: la cabra ocupándolo prácticamente todo y el nombre con aquella tipografía old school que parecía diseñada específicamente para que nadie entendiera qué ponía ahí. Me quedé fascinado al verla. La necesitaba. Yo quería ser el más malote de mi pueblo.
Vista desde ahora, la escena me produce bastante ternura. Un chaval de doce años con una camiseta de Venom, convencido de que acababa de alcanzar el máximo nivel de oscuridad que podía soportar el cuerpo humano. Probablemente aquella camiseta fuese, objetivamente, una de las cosas más metal que he tenido nunca.
Pero aquella música terminó siendo algo mucho más importante que intentar parecer malote. En mi instituto éramos tres personas a las que nos gustaba aquello. Tres. En los recreos nos juntábamos en unas escaleras, comíamos el bocata, escuchábamos música y hablábamos de montar un grupo. Mientras buena parte de la gente de nuestra edad jugaba al fútbol y soñaba con ser CR7, nosotros estábamos ahí sentados imaginándonos en un backstage tomando una cerveza con Fenriz y fumando un cigarrillo con Kerry King.
Y sí, que te gustara aquella música hacía que te mirasen como a un bicho raro. Los normies me fueron dejando de lado por eso y curiosamente fue aquella música la que hizo que no me sintiera tan solo.
Por eso, cuando pienso en Venom, no pienso especialmente en Cronos como persona. No tengo una relación personal con él ni una admiración especial por el hombre que había detrás del personaje. Lo que tengo es un enorme agradecimiento por lo que hizo su música. Por haber formado parte de una época en la que necesitaba encontrar algo que sintiera mío y en lo que no fuera el freak de turno.
La importancia de Venom tampoco la entendí con doce años. Eso ha ido apareciendo con el tiempo. Cuando descubres a Bathory, a Mayhem, a Darkthrone o incluso empiezas a tirar del hilo del punk y encuentras conexiones que antes no veías, vuelves la mirada atrás y ahí están los putos Venom.
Y probablemente esa sea una de las cosas que más me impresionan ahora que Cronos se ha ido. No tanto pensar en todo lo que hizo durante décadas, sino recordar que cuando yo todavía no sabía prácticamente nada de esta música, él ya había grabado discos que acabarían llegando hasta mí muchos años después. Yo todavía estaba aprendiendo a tocar la batería y no podía hacer ni de lejos aquel puto redoble de Welcome to Hell, pero aquellas canciones ya estaban esperando a que un chaval de doce años las encontrara en eMule.
Con el tiempo acabé escribiendo sobre metal. Acabé haciendo fotos, yendo a conciertos, entrevistando bandas y dedicando una parte enorme de mi vida a esta música. No sé si aquella camiseta del Black Metal tuvo algo que ver. Seguramente no. O quizá sí.
Pero me gusta pensar que todo empezó ahí: en un puesto cutre de fiestas de pueblo, con doce años, mirando la cara de una cabra gigantesca estampada en una camiseta y pensando que aquello era lo más jodidamente extremo que había visto en mi vida.
Probablemente lo era.
Texto: Oliver Heras



