Texto: Javier Sierra
Fotos: Pulse Of Gaia
Gorillaz incendia Madrid: Damon Albarn, entre el tambaleo y la leyenda, en el Pulse of Gaia
La noche caía sobre el campus de la Universidad Autónoma como una sábana tibia cuando las puertas del Pulse of Gaia se abrieron a un público expectante. El festival, debutante en Madrid, prometía conciencia ecológica y producción de gran formato. Pero nada de eso importaba cuando, pasadas las diez, las luces del escenario se apagaron y comenzó la verdadera magia.
La banda irrumpió con “M1 A1”, y un enérgico “Hello!” que desató la locura. Era un arranque que prendió el recinto en segundos: tensión, expectación y un primer guiño a la historia de Gorillaz. A continuación, “Last Living Souls” reforzó ese pulso oscuro y eléctrico. Luego llegó “The Happy Dictator”, tema que en estudio Albarn toca junto a la mítica banda Sparks, y que en vivo se sintió como una joya inesperada, un equilibrio perfecto entre lo nuevo y la nostalgia.
Desde esos primeros compases se notaba que Albarn no estaba del todo sobrio. Presentaba evidentes signos de ebriedad: pasos tambaleantes, frases a medias, miradas que buscaban complicidad en los músicos. Pero lejos de restar fuerza, esa vulnerabilidad añadió un filo inesperado: cada vacilación parecía potenciar la intensidad del concierto.
Tras ese inicio incendiario, el setlist navegó por décadas de carrera. “Tomorrow Comes Today” trajo un momento de comunión, con miles de voces replicando cada línea. “19-2000”, aunque interrumpida para reiniciarla tras un pequeño desajuste, levantó una ovación inmediata. “Rhinestone Eyes” y “O Green World” mantuvieron la tensión y la atención, mientras “On Melancholy Hill” ofreció un respiro melódico que fue coreado de principio a fin. “Stylo”, con Bootie Brown, devolvió el groove y el pulso bailable, y “Kids With Guns”, en su versión recortada, dejó sentir la crudeza que la banda nunca abandona.
El tramo final intensificó la experiencia: “Andromeda”, con percusión destacada; “White Light”, vibrante y directa; “Dirty Harry”, nuevamente con Bootie Brown, estremeció el escenario y el público. Albarn, entre improvisaciones y pausas, dirigía desde el filo: un líder que tambalea pero controla el pulso de la noche.
El clímax fue imparable. “Feel Good Inc.” transformó el recinto en un solo coro, con el público repitiendo la risa diabólica de la canción como un mantra colectivo. Luego llegó el rapero argentino Trueno para encender “The Manifesto”, añadiendo adrenalina urbana a la maquinaria de Gorillaz. El cierre fue doble: primero “Clint Eastwood”, que hizo saltar a todos, y luego una versión final con Sweetie Irie, sellando una despedida memorable.
Las proyecciones de Murdoc, 2D, Noodle y Russel no eran simples ilustraciones: eran comentarios sociales, sátiras políticas y advertencias medioambientales que reforzaban el espíritu del festival. El Pulse of Gaia, debutante pero sólido, ofreció acústica y organización impecables, convirtiéndose en el marco perfecto para una banda que siempre ha jugado entre lo real y lo animado.
Cuando Albarn se retiró, sin discursos ni fanfarrias, quedó la imagen de un músico que, incluso tambaleante, mantiene el magnetismo. Su ebriedad no restó, sino que sumó: cada error, cada pausa, cada mirada perdida se convirtió en un gesto auténtico, recordándonos que la música en vivo vive de lo imprevisible. Con su chaqueta militar, su voz que se desarmaba y recomponía, y su capacidad de reconducir cada instante, Damon Albarn volvió a demostrar por qué Gorillaz sigue siendo relevante y arriesgada.
Gorillaz en Madrid no dio un concierto perfecto; dio algo más raro, más intenso: una mezcla de caos, celebración y catarsis que solo una banda con la experiencia de Albarn puede sostener. Esa noche, lo humano y lo virtual bailaron juntos, y el público lo sintió como una de esas memorias que perduran.





