[Crónica] STEVEN WILSON en Madrid – Hotel Auditorium (Centro de Congresos Príncipe Felipe) 8/11/2013

Por Mariano Bacigaluppi

Han pasado veinticuatro largas horas y aún sigo bajo el placentero efecto de esa droga llamada STEVEN WILSON… Alucinógeno y narcótico a partes iguales y poseedor del método crisopéyico de permitirte viajar sin moverte del sitio. En este caso, ese sitio, eran las cómodas butacas del Centro de Congresos Príncipe Felipe, recinto donde tiempo atrás vislumbraron su arte Jethro Tull, Marillion y hace pocos días Steve Vai acompañado de una orquesta… Pero en esta ocasión, el genio inglés, arropadísimo de unos excelsos músicos, demostró que hasta la perfección puede sorprenderte y abducirte durante ciento ochenta radiantes, vibrantes y emocionantes minutos…

Prácticamente el cartel de Sold Out estaba colgado, ya que era una ardua y difícil tarea recorrer con la vista el gentío y detectar un sitio libre que tras los últimos preparativos y unos pocos segundos después de las 20.00hs las luces del jerárquico auditorio se apagaron y la pantalla del fondo del escenario, comenzó a hablar, a transmitir y a advertir de lo que estábamos por vivir… Los primeros melancólicos sonidos acústicos de Train, canción perteneciente a Porcupine Tree, no solo trajeron las primeras sonrisas, los primeros éxodos mentales sino también la aparición del talentoso maestro nacido en Londres que contrajo la primera ovación de la noche y que os puedo adelantar que fueron bastantes, nunca suficientes, pero en muchas de ellas con la gente de pie en todo el sitio y con sendos minutos de aplausos al más puro estilo de la más pura Ópera.

La excusa de este concierto fue la presentación del último disco del artista, The Raven That Refused To Sing, pero obviamente no se quedó solo en eso, hubo un poco de todo lo suyo e incluso dos canciones completamente nuevas, detalle que el propio artista, ataviado de una sobria camiseta negra con la leyenda “Enjoy The Life With Music” comentó que el hecho de tocar canciones nuevas parece algo del pasado, algo que ya no se estila… Una pena…

Luminol, de su última obra discográfica, sonó increíblemente poderosa y contundente gracias a la impecable pegada del batería Chad Wackerman y el perfeccionismo en estado puro del guitarrista Guthrie Govan. La conmovedora melancolía retornaría para sentar las bases de uno de los grandes momentos de la noche, ya que Postcard fue el principio del fin de los adjetivos calificativos y de los atributos y mucha culpa de esto fue la magistral intervención de Adam Holzman en sus teclados, melotrones y moogs.

La travesía debía de continuar y lo haría con dos canciones que cobran vida en su último larga duración. En primer término la demencial y esquizofrénica The Holy Drinker donde el propio Wilson se hizo cargo del bajo, el multi-instrumentista Nick Beggs hizo lo propio con un maravilloso stick, instrumento fantástico y admirable donde los haya y Theo Travis alternando entre sus flautas, clarinetes y saxofones. Seguidamente la banda abordó otro de los momentos álgidos de la noche con la maravillosa y fascinante Coming Home. Hechizo masivo y colectivo que taciturnamente hacía desaparecer nuestras palabras…

Después de una sórdida ovación que duró más que un simple santiamén, el alma mater de la banda nos regaló un momento cargado de humor inglés junto a su guitarrista explicando la forma de composición que tenían, interpretaron una canción nueva que según ellos mismos cada noche que la tocaban tenía un nombre diferente. Tema bastante similar a los depositados en su último CD, lleno de antagonismos y delirio global. A posteriori, y con una previa introducción videográfica, se dispusieron a interpretar The Watchmaker momento el cual la pantalla que venía acompañando a la banda con todo tipo de proyecciones, pasó a un segundo plano ya que una tela trasparente revistió frontalmente el escenario, y como una especie de película protectora, pasó a esbozar todas las imágenes que el proyector disparaba. Efecto simple, pero con un contundente resultado…

A continuación, el artista miró hacia su pasado reciente solista y se dispuso a interpretar un cuarteto sonoro compuesto por Index, Sectarian, Harmony Korine y Raider II donde el nivel de los aplausos fue in crescendo hasta llegar al punto culmine, al zenit de la noche. Ese mágico, atractivo y encantador momento se dio con The Raven That Refused To Sing. Ya lo dije en su momento cuando hice la review, que me parecía sencillamente una de las mejores canciones que había escuchado en mi vida y lo sigo manteniendo, pero haberla vivido en directo hacen que los adjetivos delicada, íntima, personal, profunda y recóndita carezcan de sentido y todas ellas se unan en la palabra perfección. Perfección que, como ya anuncié al comienzo de esta crónica, sorprende…

Con esto la banda se marchó del escenario y al volver todos sabíamos que el final lamentablemente se acercaba pero, afortunados nosotros, aún quedaban dos proyectiles mortales para nuestro espíritu. El primero de ellos, una tierna, suave y sensible canción nueva llamada Happy Returns donde la melancolía reinó plenamente y el cierre fue con Radioactive Toy donde todos, absolutamente todos, los presentes cantamos, disfrutamos y fuimos partícipes de una noche que será difícil de olvidar…

Tres horas de auténtico lujo, de esas que quedan marcadas a fuego en nuestras retinas y en nuestra alma y que, personalmente, se han ubicado en un privilegiado puesto de mi historia con la música, haciéndose un lugar entre Roger Waters y su The Wall y el concierto de Anathema del pasado año.

*** Infinitas gracias a todo el equipo de la promotora MADNESS LIVE! por habernos permitido vivir una noche inolvidable ***