Texto: Mariano Bacigaluppi Beguiristain
Quienes llevamos cientos de conciertos a nuestras espaldas, inevitablemente, hemos presenciado espectáculos de toda índole: desde decepcionantes o poco memorables, hasta buenos, extraordinarios e incluso perfectos. Tal vez, con el paso del tiempo, estas dos últimas categorías se vuelvan más difíciles de alcanzar. En mi caso, pocas bandas nuevas logran ubicarse en ese selecto grupo, especialmente dentro del Metal —ese género madre de una infinidad de subgéneros— donde, en líneas generales, pocas propuestas contemporáneas logran captar mi atención. ¿Bandas icónicas y consagradas? Ver hoy en día a Metallica, Iron Maiden o Guns N’ Roses, por citar algunos ejemplos, puede resultar atractivo; sin embargo, para quienes tuvimos el privilegio de presenciarlos a principios de los años noventa, el factor sorpresa se ha diluido, la actitud sobre el escenario ha cambiado y, honestamente, la posibilidad de vivir un concierto verdaderamente memorable o perfecto se antoja utópica. ¿Y qué tiene esto que ver con Steven Wilson?, os preguntaréis. Tiene mucho que ver, porque una vez más ofreció un concierto perfecto. Haberlo visto ya en tres ocasiones como solista y una vez junto a Porcupine Tree, durante su última gira, me permite afirmarlo con total certeza: lo de Wilson trasciende lo habitual.
Tras la temprana apertura de puertas a las 18:30 h, el público —unas dos mil personas, certificando el cartel de Sold Out— ingresó rápidamente al recinto en busca de resguardo ante el calor, ya notable a esa hora en la capital. Refrescos, agua mineral y cerveza ayudaron a paliar la espera mientras cada uno intentaba encontrar la mejor ubicación para disfrutar del espectáculo. Me llamó particularmente la atención la alta presencia de público extranjero, en su mayoría británico, lo cual probablemente se explique por tratarse del último concierto de la gira europea, un detalle que sin duda genera atractivo adicional. La espera fue acompañada por música ambiental de Hawkwind, Jeff Wayne, Vangelis y T. Rex, entre otros. Puntualmente, a las 20:00 h, las luces se apagaron y comenzó la perfección.
Los primeros 45 minutos estuvieron dedicados por completo a su más reciente trabajo discográfico: ‘The Overview’. Abrió con “Objects Outlive Us” y continuó con la homónima “The Overview”, en un viaje sonoro absolutamente onírico, reforzado por imágenes cósmicas y espaciales proyectadas en la pantalla de fondo. En esta última, cuando la armonía de tintes beatlescos da paso a la voz de Steven Wilson, todo adquiere una dimensión más real, íntima y emocionante. La interacción entre la guitarra de Randy McStine y los teclados de Adam Holzman resulta esencial en esta alquimia. Un pasaje instrumental, guiado por un delicado piano y la voz en off del propio Wilson, nos condujo suavemente hacia una explosión sonora de impecable progresividad. Finalizado este primer bloque, la banda se retiró del escenario durante unos veinte minutos.
A su regreso, los sonidos electrónicos marcaron la dirección de la segunda parte del espectáculo. “The Harmony Codex”, pieza homónima de su penúltimo álbum, fue la elegida para continuar ese trance sonoro de tintes cinematográficos, donde lo progresivo comenzaba a reclamar protagonismo. Del sobresaliente ‘Hand Cannot Erase’ recuperaron el potente binomio “Home Invasion / Regret #9”, que dejó a todo el público extasiado. Cabe destacar el formidable trabajo del bajista Nick Beggs, alternando su ejecución entre Bajo y Chapman Stick, así como la precisión cuasi quirúrgica de Craig Blundell en la batería.
Tras una breve y simpática defensa de la música Pop —donde incluso confesó su admiración por ABBA—, Wilson interpretó “What Life Brings”, también de ‘The Harmony Codex’, en la que vuelve a hacer gala de su amor por las melodías y armonías influenciadas por The Beatles.
Lo siguiente fue un auténtico viaje al pasado. No en un DeLorean, sino mediante una conjunción sónica que el propio Wilson explicó como proveniente de una época en la que aún vivía con sus padres y componía en su habitación, con un ordenador. Sí, era el turno de Porcupine Tree. Comenzó con la psicodélica “Voyage 34 (Phase One)” y siguió con “Dislocated Day”, ambas interpretadas con un trabajo monumental por parte de Craig Blundell en la batería, acompañado por las guitarras de Wilson y McStine.
La retrospectiva continuó con “Abandoner”, representando al álbum Insurgentes, aunque no sería la única pieza de ese disco. De regreso a ‘The Harmony Codex’, llegó el momento de “Impossible Tightrope”, donde Adam Holzman deslumbró con su virtuosismo, convirtiéndose en protagonista en varios pasajes de la canción. Luego llegó “Harmony Korine”, también de ‘Insurgentes’, que fue creciendo en intensidad hasta alcanzar un clímax que enloqueció al público. Del peculiar álbum ‘4½’, se recuperó “Vermillioncore”, una composición que remite al Shoegaze más atmosférico y envolvente, con guitarras densamente distorsionadas.
Una vez más, la banda se retiró momentáneamente del escenario, y tras los clásicos cánticos futboleros del público, regresaron con “Ancestral”, otra de las joyas de ‘Hand Cannot Erase’, que en su segmento más agresivo desató un frenesí colectivo, digno del mejor Metal furioso.
Y entonces, llegó el final. La última canción de la noche sería nada menos que “The Raven That Refused to Sing”, una obra maestra absoluta. Confieso que, desde que la escuché por primera vez en directo —el 8 de noviembre de 2013, en el Centro de Congresos Príncipe Felipe de Madrid—, no he podido evitar emocionarme. La historia que narra, su estructura musical y la sensibilidad con la que está compuesta, la convierten en una pieza de una carga emocional única. Aquella vez, no contuve las lágrimas. Esta vez, no llegaron a brotar, pero mis ojos estaban empañados, y al girarme para salir del recinto, comprobé que no era el único en ese estado. Esa es la magia de la música (cuando es buena) y la del genio de Steven Wilson, quien vuelve a plasmar otra obra perfecta sobre su lienzo musical.
¡Que no tengamos que esperar otros siete años para volver a vivir algo así!


