Texto: Aritz Sola
Fotos: Oliver Heras
A las 19:00, Guilt Trip salió al escenario y lo dio todo. Vistalegre seguía medio vacío, lo que afectó al sonido: una bola de bajos retumbando por todo el recinto. Pero, sinceramente, ¿a quién le importó? Esto era hardcore, y aquí lo que contaba era la energía, el sudor y dejarse el cuello en el moshpit. Los que estuvimos allí lo sabemos bien.
El cantante no perdió ni un segundo y gritó: «Let’s make fucking noise», Y vaya si lo hicimos. La gente empezó a moverse sin dudarlo, sin miedo, entre empujones y saltos. Mientras, la bajista, con su melena moviéndose al ritmo de la locura, se ganó al público con su presencia. ¡Una actitud inigualable! Cada golpe de la batería resonó con contundencia, sin tregua, como un golpe directo en la mandíbula, sin pausas, sin tregua. El punto álgido del espectáculo llegó con «Sweet Dreams», momento en el que se desató la locura. La mezcla de agresividad hace que todo el mundo quiera unirse al moshpit, y yo no soy la excepción.
La puesta en escena de Brutus se caracterizó por una estética minimalista, con una iluminación que destacaba la música de la banda. Sin pausas, el trío belga salió al escenario e interpretó tres temas seguidos, como una corriente imparable que arrastra consigo la percepción del tiempo. El reloj dejó de importar, las coordenadas se desdibujaron y el público, inmerso, comenzó un viaje donde solo la música dictaba el rumbo.
La voz de Stefanie Mannaerts fue el elemento clave, está emergió como un faro en la tempestad, oscilando entre la furia y la fragilidad. Su interpretación era un eco de emociones, un puente entre lo terrenal y lo etéreo. A su alrededor, los riffs potentes, los cambios de ritmo y las melodías envolventes creaban un paisaje sonoro que fluctuaba entre la crudeza del post-hardcore y la melancolía del post-metal. No había etiquetas posibles, solo la certeza de estar presenciando algo único: un equilibrio perfecto entre la brutalidad y la belleza.
Fue en «Miles Away» cuando Mannaerts, sin abandonar su papel de arquitecta del caos tras la batería, saludó por primera vez. Para entonces, su voz ya se había integrado en la acústica del recinto. Su canto se tornaba cada vez más expresivo, cargado de matices que trascendían el lenguaje.
A medida que el concierto progresaba, el tiempo parecía fluir a voluntad de la banda, en una demostración de maestría y control. En su punto medio, se interpretaron «Brave» y «What We Have Done», ambas de su más reciente álbum. Estas piezas funcionaron como portales a otros estados de ánimo, alternando entre agresividad y contemplación. En particular, «What We Have Done» evocó una versión etérea de The Cranberries, con sus giros vocales hipnóticos y una reverb que se extendía como en un océano de sonido.
El público, aunque mayormente inmóvil, no estaba ausente. Se dejaba arrastrar por la intensidad emocional, atrapado en una especie de trance colectivo. Y entonces, llegó «Dust». En el centro del escenario, bajo una luz espectral, guitarra y bajo se enfrentaron en un duelo melódico, oscilando como dos cuerpos celestes bajo la órbita implacable de la batería de Mannaerts. Un instante suspendido en el aire, un latido que se estiró hasta el infinito antes de estallar en una ovación rotunda.
Si quieres ahorrarte un par de párrafos, te lo resumo aquí: el concierto de Architects fue brutal. La ejecución fue impecable, las luces jugaron un papel clave en la atmósfera y, a pesar de que el recinto fue todo un reto para el equipo de sonido, lograron un gran resultado. Sam, imponente en su chupa de cuero negra, derrochó energía, moviéndose de un lado al otro del escenario, ya prácticamente recuperado de su lesión en París. Eso sí, la escasa hora y cinco minutos de concierto supieron a poco y se echó en falta algún tema más.
Vamos, al lío. La icónica banda británica de Brighton tomó el escenario a las 21:00 horas, desplegando una potencia sonora y visual que reafirmó su estatus dentro del metalcore moderno. La banda comenzó con una ejecución impecable de «When We Were Young», desatando los primeros mosh pits y una lluvia de vasos por los aires.
Las ganas del público eran innegables. Vistalegre vibró al son de la banda, los allí presentes se dejaron la voz con cada verso y dándolo todo al frenesí en los breakdowns. Sam Carter, vestido completamente de negro con una chaqueta de cuero, lució un look imponente. Apenas una semana después de su lesión en París, se le vió prácticamente recuperado. Con una presencia escénica magnética, animó al público a participar activamente en cada tema, intensificando la conexión con la audiencia.
Después de «Deep Fake», nos dirigió sus primeras palabras y nos animó a cantar con él. Tema tras tema, la atmósfera se volvía más intensa, con un público cada vez más entregado. En «Everything Ends», pidió a todos que encendieran las linternas de sus móviles para acompañarle, generando un momento emotivo y visualmente impactante. La iluminación tenue y los coros colectivos convirtieron el instante en uno de los más memorables de la noche. Mientras tanto, la ejecución instrumental del grupo mantuvo la precisión técnica: la batería de Dan Searle marcaba cada transición con potencia quirúrgica, mientras que las guitarras de Martyn y Adam añadieron capas de profundidad al sonido envolvente de la banda.
Los mosh pits se multiplicaban sin descanso, con círculos que se abrían y cerraban al ritmo de cada breakdown. El público, cada vez más exaltado, se entregaba por completo, elevando la intensidad a cada canción. Con «Curse», la locura alcanzó su punto álgido, desatando una oleada de saltos y gritos en toda la pista. Sin embargo, en «Gone With the Wind» sucedió algo extraño: apenas cantó una estrofa antes de detenerse y pasar directamente a «Doomsday». En esta ocasión, Carter hizo un breve mención a Tom “For Tom”, ex-guitarrista y hermano del baterista, fallecido en 2016, lo que dejó cierta incertidumbre entre los asistentes acostumbrado a una intervención más larga.
El set avanzaba hacia su clímax con «Blackhole», donde hubo un breve solo de guitarra que, aunque fugaz, logró resaltar la habilidad de Josh. Al finalizar la canción, las luces se apagaron por completo, sumiendo el recinto en un fundido a negro. Tras unos segundos de expectación, una luz roja iluminó al público y los asistentes comenzaron a corear el nombre de la banda. Architects regresó al escenario para cerrar con una explosión de energía: «Seeing Red» y «Animals», dejando una impresión imborrable en el público.
«Muchas gracias», expresó la banda en un último gesto de cercanía con el público antes de retirarse. Esta primera fecha en España confirma que Architects no solo se ha consolidado como una de las fuerzas más influyentes del metalcore, sino que su legado sigue expandiéndose con cada actuación. La respuesta del público evidenciaba que muchos tenían ganas de repetir tras su última actuación en la península como teloneros de Metallica o su paso por el Resurrection Fest 2023.































