[crónica y fotos] Hellfest Open Air 2025 – Día domingo 22 de junio

Tiempo de lectura: 6 minutos

Texto: Jorge Fretes
Fotos: Julián Corro

Cuatro días. Cuatro jornadas bajo un sol que parecía una bombilla industrial del mismísimo Hades. Horas y horas acumuladas de música, sudor, pogo, cerveza fria y riffs que te golpean en el pecho como si fueras una caja torácica de repuesto para Lemmy. Bienvenidos a la última jornada del Hellfest 2025, donde ya nadie camina sino que se arrastra, se impulsa por la voluntad de los dioses del metal moderno y se hidrata como puede, a estas alturas dormir no es una opción.

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El recinto parecía sacado de una película post-apocalíptica dirigida por Mad Max pero con dirección de arte de Black Sabbath. Rostros quemados por el sol, camisetas desgastadas, tatuajes que ya parecían pinturas rupestres y un ejército de zombis felices moviéndose de escenario en escenario como si lo de tener el pelo limpio fuera un recuerdo de una vida pasada.

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Y lo sabíamos, este domingo no era uno más. Era el gran cierre, el día del renacimiento del nu metal y del legado moderno, algo que se notaba con un recinto de vuelta a máxima capacidad como con Muse. Los espíritus cansados fueron revividos por una promesa que parecía mentira, el de Linkin Park volviendo a un escenario como cabezas de cartel, en una jornada cargada de emociones, nostalgia, electrónica distorsionada, breakdowns melódicos y recuerdos adolescentes de principios del 2000.

A estas alturas ya no sabías si ese pit era real o un viaje astral. El cuerpo gritaba «basta», pero la playlist mental decía «una más». Un último día donde cada banda tocaba como si el mundo se fuera a acabar esa noche, y para algunos hígados efectivamente sí acabó. Si esto era el infierno… no queríamos volver al mundo real jamás.HELLFEST DÍA 4 - JULIÁN CORRO (1 de 14)

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Y ahora hablemos de las bandas de esta última jornada. Los noruegos Blood Command se subieron al escenario con la energía de una rave punk en el infierno. Mezclan hardcore, pop y demencia con tanto descaro que parece que están jugando con la física. Su vocalista es como una cheerleader poseída por el espíritu de Henry Rollins.

Gouge Away fue una descarga emocional y sónica de esas que te dan ganas de abrazar a alguien y romper una pared al mismo tiempo. Hardcore con alma y angustia canalizada, con una frontwoman que gritó como si el mundo la estuviera traicionando. Novelists jugaban en casa y en el mainstage, por lo cual tiraron la casa por la ventana. La escuela francesa del metalcore moderno. Riffs djent calibrados con láser, breakdowns quirúrgicos y melodías melancólicas a lo TesseracT. Un set que sonó como si una inteligencia artificial aprendiera a sentir… y decidiera sufrir.

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Faetooth fueron las magas del doom, lanzando hechizos lentos y oscuros que te atrapaban sin darte cuenta. Es como si Black Sabbath fuera una secta de brujas cósmicas que meditan con pedal fuzz y liturgias paganas. Mágico y pesado. Pain Of Truth por su parte no tuvo ninguna sutileza. Solo violencia pura en forma de breakdown y un doberman hinchable presidiendo el escenario. Si el New York hardcore se comiera esteroides y tuviera que pelear contra Godzilla, sonaría como Pain Of Truth, a pesar de que tuvieron problemas con el bajo pero poco importó. Patadas en el pecho en formato musical.

Los enmascarados de Blackgold dieron cátedra de rock duro, actitud bling y flow industrial. Es como si Body Count y Bring Me The Horizon tuvieran un hijo que viste de cuero y hace twerking en una Harley. Mucho swagg, mucho ritmo, y cero interés en complacer a los puretas. Mainstage a reventar para recibir a Poppy, la princesa del caos digital que volvió a desarmar cerebros con su mezcla de kawaii-metal, pop glitch y guitarras que suenan como si Hello Kitty tuviera un trastorno de personalidad ¿Perturbador? Sí ¿Genial? También. Poppy es el futuro distópico hecho música y con unos guturales que flipas.

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El rock alternativo con clase y dientes afilados llegó al mainstage con Dead Poet Society. Sonaron a un cruce entre Muse en crisis existencial y Queens of the Stone Age leyendo Bukowski. Canciones que te acarician y te empujan por las escaleras al mismo tiempo. Unto Others fueron oscuros, elegantes y absolutamente góticos sin pasarse de teatrales. Unto Others es como si The Cure hiciera metal con chaquetas de cuero y trauma acumulado. Las melodías flotaban entre lágrimas y cuchillas. Un abrazo frío con guitarra.

Poco después llegó el huracán Lorna Shore. Blast beats interplanetarios, guturales que parecían salidos del centro de la Tierra, y épica sinfónica en modo jefe final. Lorna Shore no da conciertos, abre portales a otra dimensión. Y esta vez, uno tragó al público en su segunda presentación en el Hellfest. Como tienen un solape bestial en el Resurrection Fest, también decidimos ver a Eagles Of Death Metal…por eso y por su conexión especial con Francia, con un desmadre elegante. Jesse Hughes apareció con la misma energía de siempre, entre Elvis y un vendedor de coches usados con mucha labia. Rock & roll sudoroso, sexy y descarado. Un show que no salva tu alma, pero te hace mover las caderas hasta el pecado.

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Ahora entendemos el por qué de tanto fan de Motionless In White. Visual kei, metalcore y eyeliner para empapar el escenario con actitud. Motionless In White ofrecieron un show gótico con sabor a Warped Tour. Dramáticos, teatrales y con breakdowns que hicieron saltar hasta a las sombras. Emo con colmillos. El regreso de Kylesa fue como ver a un cometa que no sabías que necesitabas. Psicodelia sludge, una sola batería en esta ocasión, y un viaje sonoro entre desiertos de ácido y junglas post-industriales. Oscuro, hipnótico y brutal, tanto que del calor se rompió el amplificador de Laura Pleasants.

Refused sigue sonando como si el punk acabara de ser inventado por un robot sueco que odia el capitalismo. El discurso político más incendiario del festival, envuelto en baile, caos y groove. The shape of punk… still to come, sí señor. Una despedida emotiva ante el público más grande para el que han tocado jamás, con recordatorio para Palestina por fin desde el escenario principal. A Day To Remember fue una clase magistral de cómo mantenerte relevante siendo una banda para adolescentes con trauma emocional y fans adultos con hipoteca. Pop punk, breakdowns bien dosificados, y un show que fue pura catarsis generacional. Serpentina y balones de playa, combo ganador.

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The Kovenant fue ciencia ficción noruega en formato metal industrial. Mezclaron black metal con electro como si estuvieran musicalizando una rave de alienígenas satánicos. Extraños, teatrales y gloriosamente pasados de rosca. 100% caos digitalizado. Soy de los que está en contra de bandas como Falling In Reverse ocupando el puesto de cabezas de cartel en ciertos festivales, y es que Ronnie Radke fue lo más cercano al Joker con autotune. Eso sí, un show cargado de energía, controversia, breakdowns sobreproducidos y actitud de estrella del nu metal en TikTok. Un desastre divertido que solo ellos saben convertir en espectáculo.

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Jerry Cantrell presentando su nuevo álbum rodeado de amigos como Roy Mayorga o Greg Puciato, nada más que decir señores. El alma de Alice in Chains regaló un show entre la melancolía grunge y la sobriedad de los grandes. Riffs eternos, melodías sombrías y esa voz que duele como un viejo tatuaje. Un monumento vivo, sin aspavientos, con temas tanto de AIC como de toda su carrera en solitario.

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Y el cierre fue con la nueva sangre de unos ya clásicos. Linkin Park volvió al escenario en un acto de celebración, duelo y resurrección. La primera hora fue dedicada a las canciones más recientes o experimentales y tranquilas, pero aunque eso descolocó a más de uno la producción visual fue de otro mundo: pantallas bañadas en olas de colores, drones, hologramas, y luces que parecían dirigir aviones.
En la parte final sonaron los himnos de ‘Hybrid Theory’ y ‘Meteora’, y el público que hasta entonces se había deshecho ya en pogos finalmente estalló. Lágrimas, circle pits, cánticos colectivos, la nostalgia hecha poder. Chester estuvo presente en cada garganta rota y canalizado a través de Emily, que realizó una gran actuación. Fue un ritual de sanación colectivo, digno del cierre del festival y los fuegos artificiales que nunca acababan.

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Y al final… solo quedó el eco. Cuatro días, casi 200 bandas, tres toneladas de cerveza evaporada, una capa de polvo permanente en los pulmones y la certeza universal de que Hellfest no es un festival sino un plano existencial paralelo. El sol intentó matarnos. El asfalto ardía como si alguien lo hubiera encendido con un lanzallamas. Los cuerpos rotos. Las camisetas reducidas a jirones gloriosos. Pero ahí estábamos, convirtiendo el dolor físico en comunión sónica.

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Cada riff fue una espada. Cada breakdown un terremoto. Cada pogo un aquelarre colectivo de almas poseídas por la distorsión. Aquí no importó el cansancio ni el sudor ni las cinco veces que pensaste «no llego al final». Porque el final no existe cuando suena tu canción favorita al borde del colapso.

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Y en medio de todo, la ciudad efímera de Hellfest vivió su transformación una vez más. Carpas que eran fortalezas, escenarios que lanzaban llamaradas como dragones industriales, fuentes de agua que parecían oasis en el infierno, bomberos que regaban cuerpos incandescentes como si fuera un ritual de purificación. Todo pensado, cuidado, armado con precisión militar… y corazón de fan.

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Volvimos con heridas. Sentado en el aeropuerto esperando el vuelo de vuelta a casa el cuello duele, la espalda cruje, los tímpanos silban como viejos vinilos. Pero también volvimos con algo más, con la certeza de haber vivido una guerra sagrada de música, una odisea en la que el tiempo se mide en minutos de concierto. Hellfest no se acaba. Solo duerme, y mientras lo hace sueña con el próximo pogo, la próxima lágrima, el próximo fuego. Hasta 2026, amigos!

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