Texto: Jorge Fretes y David Alonso
Fotos: Sebastián Flores y Oliver Heras
El último día del Resurrection Fest siempre suele ser una mezcla de sentimientos, también de cansancio, y de esperanza por volver otro año más. No todos los festivales consiguen que una despedida de pie a eso, a una promesa firme un año antes de volver a «casa» el próximo verano. Pero nada de caras tristes, toca gastar las últimas fuerzas en el día más caluroso de la semana. Después de tres jornadas de intensidad creciente, Viveiro amanecía con ese ambiente mezcla de cansancio y euforia que solo se vive en el último día de un festival. Las voces ya son más roncas, los pasos más lentos, pero la energía colectiva y los colegas siguen tirando de ti. Y es quel el Resu tiene esa capacidad de crear una burbuja en la que el tiempo funciona de otra manera.
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Tras una inesperada plaga de hormigas voladoras que tuvieron entretenidos a los asistentes y el espectacular retorno de Marilyn Manson, el festival se despide hasta 2027 sin show de despedida ni fechas confirmadas, dejando la duda en el aire de si en el próximo año se coincidirá con Rock Imperium y Barcelona RockFest o se buscarán nuevas fechas para su edición número 22.
En probablemente el punto más caluroso del día, las suecas The Gems tomaron el recinto del Desert Stage con la intención de apaciguar el sol a base de hard rock directo y sin concesiones, obteniendo como resultado final una actuación que se me quedó algo más descafeinada de lo que me gustaría.
Para empezar, de las 3 integrantes principales de la banda, Emlee Johansson no estuvo presente a las baquetas y la guitarra solista de Mona Lindgren estuvo durante gran parte del concierto algo más baja que lo que una propuesta así demanda.
Aun con estos inconvenientes, el sorprendentemente buen castellano de Guernica Mancini y su excelente voz, hicieron justicia a su reciente y excelente disco ‘Year of the Snake’, demostrando que la banda, tras su paso por Thundermother aún tiene mucho que decir.
A eso de las 19:30 / 20:00 de la tarde fue notorio ver cómo el cielo del recinto (especialmente en la zona del main stage) se comenzaba a plagar de numerosas hormigas voladoras que estuvieron molestando soberanamente a los asistentes ya que, si bien no pican, eran realmente molestas cuando se te posaban en el cuerpo.
Si a esto le sumamos a unos P.O.D que salieron a darlo todo desde el minuto 1 pero que a los pocos segundos de comenzar con “Boom” se les fue todo el sonido, pues no comenzaba la cosa muy bien.
Me dio especialmente pena porque la banda vino con muchísimas buenas energías y actitud, junto a un público que también estaba deseoso de volver ligeramente a la adolescencia con sus temas, pero que durante lo que duró su concierto, su sonido no terminó de recuperarse de ese batacazo inicial, volviendo a quedarse sin audio momentos después.
Nos quedamos con momentos muy bonitos como una “Youth of the Nation” junto a los resukids o que, aún con estas inclemencias temporales y acústicas, la gente lo dio todo y ojalá vuelvan y su sonido les haga justicia.
The Family Men aportaron un giro interesante dentro de ese bloque inicial, con una propuesta más inclasificable que se movía entre la electrónica, el metal y sonidos alternativos. Su directo, caótico en el mejor sentido, encajó perfectamente en la atmósfera relajada pero expectante del último día.
El primer gran salto emocional llegó con Imminence. Los suecos volvieron a demostrar por qué se han convertido en una de las bandas más destacadas del metal moderno europeo. Su combinación de metalcore melódico, arreglos de cuerda y una puesta en escena extremadamente cuidada elevó el nivel de la jornada. Cada canción parecía diseñada para crecer en un escenario como el de Viveiro, donde la emoción colectiva amplifica cada detalle.
El caos controlado tomó el relevo con Frontierer, que llevaron el festival a uno de sus puntos más extremos. Su propuesta, abrasiva y técnica hasta el límite, fue una descarga de noise core que no dejó espacio para tonterias. Un concierto exigente, incómodo por momentos, pero fascinante en su propia lógica destructiva.
Gridiron mantuvieron la intensidad desde otra perspectiva, combinando hardcore y hip hop con una actitud absolutamente contemporánea. Su actuación fue corta, explosiva y efectiva, dejando claro que la nueva ola del hardcore estadounidense no entiende de medias tintas.
Uno de los nombres más esperados del día era Mastodon, que volvieron a demostrar por qué ocupan un lugar privilegiado dentro del metal progresivo moderno. Su concierto fue un viaje complejo y envolvente, alternando pasajes técnicos con momentos de pura contundencia. La banda sigue funcionando como un organismo perfectamente engrasado, capaz de convertir cada tema en una experiencia inmersiva…y muchas gracias por poner «Mother Puncher» ya como fija del set.
El contraste llegó con Converge, que ofrecieron una de las actuaciones más intensas y físicas de todo el festival. Su directo es siempre sinónimo de caos, catarsis y entrega absoluta. No hay concesiones ni espacios para el respiro, solo intensidad pura ejecutada con una precisión casi quirúrgica dentro del desorden. Jacob Bannon no paraba de bañarse en agua antes de escupir su alma en cada grito (eso si, chaqueta puesta todo el set) mientras lo miraba atentamente Bill Kelliher de Mastodon desde un costado del escenario.
Mucho se ha hablado estos últimos meses sobre esta formación de Dogma y su polémico management, con la espantada de la mitad de sus miembros ante condiciones cuestionables de trabajo y la formación paralela de estas miembros de una banda de mismo enfoque llamada Vindicta.
Y es que pese a todo este tinglado, es una formación que sigue despertando mucha curiosidad, algo que fue evidente nada más ver el poblado aforo del Ritual Stage y a la buena hora y escenario en los que tocaron pese a los pocos años de recorrido que tiene la banda.
Durante su show fueron todas ataviadas con la camiseta de España, en parte debido a que parece ser que parte de su equipo ha sido perdido por la compañía aérea con la que viajaban siendo esta una solución temporal bastante apañada aunque quizás restase algo de aura y sentido a su propuesta.
La banda estuvo correcta, con algunos problemas de sonido al inicio en los que a la vocalista se la escuchaba bastante bajo pero que a lo largo del show fueron solventando, con cortes de su disco homónimo que ya van calando entre el público como “Father I Have Sinned” y “My First Peak”, entre otros.
Al menos y a diferencia de la primera vez que las vi el año pasado en el Leyendas del Rock, ya interactúan más con el público y tienen la decencia de despedirse.
El momento más polémico,y también uno de los más concurridos, lo protagonizó Marilyn Manson. Su presencia en el cartel generó debate durante meses, y su concierto no dejó indiferente a nadie. Con una puesta en escena oscura, teatral y deliberadamente incómoda, el artista construyó un espectáculo que osciló entre el culto a su figura y la distancia emocional con parte del público. Hubo quien lo vivió como un cierre icónico y quien lo observó con mayor frialdad, pero nadie pudo ignorar su impacto dentro del festival, quizás con la producción más elaborada de toda la semana y por encima de Iron Maiden.
Si de dogma se ha hablado mucho, sobre el reverendo se han escrito ríos de tinta sobre sus escándalos actuales de abusos recientes, siendo su inclusión como headliner del sábado una decisión bastante polémica y cuestionada por los asistentes al festival.
También se ha hablado de que, tras años luchando con numerosas adicciones y un estado físico algo dejado, se había puesto las pilas y que actualmente el show, junto a su estado vocal y físico habían vuelto a sus mejores años, algo que se pudo ver claramente en el pedazo de concierto que se marcó, dejando a muchísimos de los que estuvimos viendo su concierto gratamente sorprendidos.
Con unos inconfundibles gritos y control en el escenario que denotaban que las drogas son cosa del pasado, Manson hizo un repaso de sus clásicos como “mObscene”, “This is The New Shit”o “The Beautiful People”, y reivindicando que es uno de los mejores a la hora de interpretar versiones y hacerlas suyas, con ejemplos como “Personal Jesus” o “Sweet Dreams”, dejándose en el tintero otras excelentes interpretaciones como “Tainted Love” o la reciente “In the Air Tonight”.
Sin duda estamos ante la mejor versión del reverendo tras muchos años, pero que como a muchos, su comportamiento pasado nos hace ser bastante escépticos a la hora de disfrutarlo.
Y para cerrar todo Blood Incantation llevaron el Resurrection a su extremo más introspectivo. Su propuesta, basada en el death metal progresivo y la experimentación sonora fue el epílogo perfecto para una edición marcada por la diversidad estilística. Más que un concierto fue una experiencia hipnótica que obligó al público a detenerse y escuchar de otra manera esa burrada que salía disparada a 200 kilómetros por hora, para luego arrojarte a su abismo en los momentos más pinkfloydianos.
El Resurrection Fest sigue creciendo sin perder cercanía, sigue apostando por la diversidad sin abandonar del todo sus raíces y mantiene una organización que año tras año se sitúa entre las más eficientes y cuidadas de la Península. Accesos fluidos, seguridad presente pero discreta, horarios cumplidos con precisión y un recinto que funciona como un reloj incluso en sus momentos de mayor afluencia.
Pero más allá de lo logístico lo que realmente define esta edición es el ambiente. La convivencia entre generaciones, estilos y formas de entender la música ha vuelto a convertir Viveiro en algo más que un festival. Puede que no tenga el mejor cartel, el recinto más grande, pero tiene el ambiente y eso hace que siga siendo la meca para mucha gente. Muchos quizás hayan terminado cabreados porque no hubo end show, no hubo fuegos artificiales por alerta de incendio debido a las altas temperaturas, no hubo un video bonito recopilando imágenes de este año y ni siquiera han anunciado las fechas de la siguiente edición…pero todos estamos seguros que volveremos a peregrinar a Viveiro en verano de 2027 ¿O es que hay dudas?
Nos vemos en Viveiro.
















