Texto: Killian
Fotos: Oliver Heras
Râșnov, ese rincón encantado de Transilvania se ha convertido otro día más en sitio de peregrinación del metal extremo europeo. Rodeado de bosques espesos y con un castillo medieval como vigía, emprendimos el viaje para ver como sería esta última edición del Rockstadt Extreme Fest en su sitio habitual, y es que este evento sigue consolidándose como uno de los festivales con mejor relación cartel / precio del continente, por lo que era inevitable su crecimiento y su traslado a otra ubicación. Esta segunda jornada del jueves fue un desfile de estilos, emociones, y puñetazos musicales que intentaremos traducir en estas letras y fotos.
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Para nosotros el día comenzó temprano con High Parasite, una de esas bandas jóvenes que no están para andarse con muchos rodeos pero si con una actitud desafiante entre el baile de death melódico y hardcore. Una contundencia que dejó claro que estos parásitos han venido a quedarse. Desde Ucrania 1914 convirtieron el escenario en un campo de batalla emocional. Su blackened death metal con temática de la Primera Guerra Mundial no solo suena brutal, sino que duele y aprieta el pecho. La voz de Dmytro Kumarnya se alzó como un obús entre los cañones de la historia, mientras los samples bélicos y la angustia en cada acorde hicieron que la guerra pareciera más real que nunca.
Una serie de nubes grises colapsaron cuando Wolfheart tomó el relevo. Tuomas Saukkonen y compañía trajeron desde Finlandia un vendaval de frío emocional, death melódico y épica naturalista. como siempre lograron equilibrar agresividad y belleza, como si estuviésemos presenciando una batalla campal entre lobos sobre un lago helado. Y entonces llegó el caos, cuando Brujeria subió al escenario como si estuviera huyendo de la DEA. Encapuchados, deslenguados y con una actitud que mezclaba narco-thrash, grindcore y stand-up en clave de barrio bajo, desataron una tormenta de pogos, carcajadas incómodas y gritos de guerra. “La Migra” y “Matando Güeros” se corearon como si fueran parte de un exorcismo colectivo. Brutales, grotescos, necesarios, y sobresalientes con esta nueva formación aunque se extrañe a Juan Brujo y Pinche Peach.
Por problemas logísticos cambiaron algo los horarios de este día con respecto a lo anunciado anteriormente, así Madball, veteranos del NYHC que en principio cerraban el jueves, tocaron en horario de tarde y salieron a matar. Directos, contundentes, sin florituras, con un set clásico que fue como una pelea de bar bien coreografiada. Freddy Cricien es puro músculo y actitud, y ante un escenario bastante alto hizo malabares para escupir rabia desde el foso. Gesto muy agradecido por la gran cantidad de hardcore kids presentes, en un día que ya se notaba desde primera hora el sold out.
El cambio de tono vino con Orange Goblin, que aterrizó como una Harley Davidson rugiendo entre riffs stoner y actitud de bar londinense en plena resaca. Con Ben Ward al frente, la banda ofreció una clase magistral de cómo levantar un muro sónico con groove y carisma, después de todo están dentro de su gira de despedida. Los cuellos se sacudieron como si estuvieran poseídos por el espíritu de Motörhead, y el solo final de “Red Tide Rising” fue pura electricidad británica. Como bálsamo para el alma, Soen ofreció un concierto que fue pura catarsis. El grupo liderado por Joel Ekelöf combinó la intensidad de Tool con una melancolía más directa, más humana, con una ejecución perfecta y una puesta en escena sobria pero conmovedora. Canciones como “Monarch” o “Lotus” tocaron fibras sensibles, no faltaron lágrimas, abrazos, ni esa sensación de haber presenciado algo íntimo y grandioso a la vez.
Si pensabas que ya lo habías visto todo, llegaron los chamanes finlandeses de Oranssi Pazuzu para prender fuego a tu mente. Su black metal psicodélico no tiene forma ni estructura reconocible, es más bien un delirio hipnótico donde todo fluye y arde. A ratos parecía que invocaban a Lovecraft, a ratos a los Pink Floyd poseídos por entidades cósmicas. El público estuvo fascinado todo el rato que duró esa ceremonia. Y volvimos al cuerpo a cuerpo, al pogo, al grito cuando While She Sleeps salió con todo su arsenal de metalcore fiestero. La energía de Loz Taylor es simplemente inagotable, y temas como “Anti-Social” o “Sleeps Society” retumbaron en las montañas como si fuera un club londinense multiplicado por mil, a pesar de no ser tan correspondido por el público. Sudor y fuego en estado puro por parte de la banda.
Ya con la noche cerrada el escenario se vistió de fantasía con Within Temptation. Sharon den Adel, impecable y majestuosa, guió a su banda a través de un repertorio cargado de drama, luces y una épica para la gran pantalla. Temas como “Angels” o “The Reckoning” hicieron cantar hasta al staff de seguridad, quienes en un gran gesto dejaron a los niños (que había varios, con sus padres) sentarse en el foso para disfrutar el show. La puesta en escena fue impresionante como siempre, con visuales inmersivos y un sonido cristalino. Gótico pero con alma pop.
Llegó el momento de que rugiese la tierra. Gojira irrumpió como una avalancha sónica inigualable , y sin duda fue el momento más esperado del día ¿Decepcionaron? Pues claro que no. Desde los primeros acordes de “Born For One Thing” quedó claro que estábamos ante algo más que un concierto, fueron oleadas de un tsunami que esperábamos. Los hermanos Duplantier tienen una conexión casi extraterrestre, y con cada breakdown, cada grito, cada silencio, te recordaban que este planeta también puede rugir de dolor y belleza. “Flying Whales” fue una epifanía colectiva, “The Heaviest Matter of the Universe” una confirmación de su grandeza. Gojira son dioses de carne y hueso.
Para cerrar el día con los cambios logísticos, el escenario se transformó en una ecuación cuántica. BTBAM entregó un set técnico, progresivo, volátil con canciones que cambiaban de forma cada 30 segundos, donde un blast beat podía mutar en jazz disonante o en una melodía de videojuego espacial. “Selkies” fue como siempre ese momento donde el universo se colapsa por placer.
Este segundo día de Rockstadt 2025 fue una montaña rusa perfectamente diseñada, desde la introspección a la locura, del ritual al combate, de la belleza al barro, y todo enmarcado por el paisaje sobrenatural de Râșnov que parece esculpido para acoger esta bacanal metálica hasta para las cientos de personas que llevan sus sillas de camping y cual gargolas admiran el espectáculo desde lo lejos. Quedan días por delante, y sin dudas también largas colas a partir de las 20:00.

























