[el cinéfilo] Dune, de Denis Villeneuve. Combustible de pesadillas que consiguen su objetivo

Por José A. Luna

Hay proyectos que simplemente son muy difíciles de llevar a la pantalla, pero estamos en 2021 y hay directores que se atreven con “Fundación” de Asimov, mientras otros logran un con éxito insospechado sentar las bases del complejo universo creado por Frank Herbert llamado “Dune”. Donde Jodorowsky y Lynch fallaron antes, Villeneuve se lo toma con calma y divide en dos partes una película donde Arrakis es explicada hasta al no iniciado.

Con un buen elenco de actores, planos con una gran profundidad de campo y dos horas y media por delante, Villeneuve consigue dar inicio a una saga que puede que no sea tan innovadora ni estética ni técnicamente como se esperaba, pero que logra despertar el interés por un Imperio y la lucha de diferentes razas que luchan por el control. De alguna manera no consigue aburrir, y si Lynch no supo detenerse en detalles de la historia en 1984, Villeneuve sabe dónde parar y recrearse lo justo para volver a pisar el acelerador para terminar de manera frenética.

Para sumergirnos en su universo, Villeneuve pone sobre la mesa unas increíbles escenas de acción, una banda sonora apabullante (sublime Hans Zimmer), efectos totalmente inmersivos, y la genial interpretación de Timothée Chalamet como Paul Atreides gracias al cual incluso podemos sentir la arena en la cara o los temblores del desierto. Dota al film de la carga de melancolía e intensidad requerida, dejando al menos en esta primera parte a Zendaya en un segundo plano. Bardem, Momoa, Skarsgard y todos están correctos en sus papeles, dejando ver que pueden explotar mucho más su participación en una segunda parte.

Los seguidores del libro estarán contentos con esta adaptación, mucho más fiel que la de Lynch. Lamento repetirme, pero la música juega un papel fundamental en hacer que todo sea tan autoritario y grandilocuente en “Dune”. Si hay un verdadero asesino de la mente en esta película, esa es la música de Hans Zimmer al que Villeneuve le permitió subir tanto el volumen para resaltar las imágenes emocionantes para saltarse toda sutileza. Tiene que impresionar, y consigue su objetivo.

Los gusanos de arena de Villeneuve, como tantos detalles de su nueva película, se esfuerzan por parecer genuinamente de otro mundo y en un contexto diferente al nuestro. Son combustible de pesadilla cuando se les da un primer plano, pero siguen siendo orgánicos, y terminan abruptamente en mandíbulas circulares que están permanentemente abiertas con fijas de dientes como agujas. La imaginación humana no es tan ilimitada como nos gusta fingir, y es curioso con qué frecuencia, al tratar de ir más allá de los límites de lo conocido, acabamos dando vueltas de regreso a nuestro propio mundo.

Ese es el desafío de la ciencia ficción, crear una sensación real de distancia cuando gran parte de la narración se basa en evocar lo familiar. Es un desafío que esta nueva versión de “Dune” acepta con una determinación admirable y tal vez condenada al fracaso, convirtiendo a los aristócratas intergalácticos rivales de Herbert y a las brujas espaciales en una escala gloriosamente hostil. El propio Herbert no construyó su mundo desde cero: el Arrakis en disputa, la única fuente de una sustancia llamada especia que es esencial para los viajes interestelares, está en el corazón de lo que son básicamente guerras petroleras en gran escala, unidos a una guerra santa que nos suena tan cercana. La espera ha valido la pena, son buenos tiempos para la ciencia ficción en la gran pantalla.