[el cinéfilo] Parasite, de Bong Joon Ho, sin duda el thriller del año

Por Daniel Martínez

Tal vez no puedas comerte a los ricos, pero puedes robarles su almuerzo y su vida: esa es la premisa esencial de Bong Joon-ho en “Parasite”, un retrato de clase y estilo de vida moderna en la Corea actual.

Los KimsKi-taek (Kang-ho Song), su esposa Chung-sook (Hye-jin Jang), su hijo Ki-woo (Woo-sik Choi) y su hija Ki-jung (So-dam Park) – viven en la pobreza extrema pero siempre alegres en un sótano sórdido en Seúl, deslizándose por las esquinas del techo para aprovechar el wifi gratuito y aprovechando las cajas de pizza que encuentran según les vengan bien para cualquier propósito.

Ki-woo no parece tener mucha prisa por conseguir un empleo remunerado, pero le viene un golpe de suerte cuando un viejo amigo deja su trabajo como tutor de inglés en el seno de una familia adinerada. Puede que nuestro protagonista no tenga ninguna experiencia de tutoría real, o incluso un título universitario, pero todo es bastante fácil de arreglar en el mundo de Ki-jung con un poco de Photoshop. El resto se lo echa a la suerte de la credulidad de la gente que lo contratará.

Primero dan la bienvenida a Ki-woo a su precioso hogar, luego cuando Yeon-keo menciona que su hijo pequeño necesita un nuevo instructor de arte, el nuevo tutor está feliz de compartir su consejo “casual y completamente imparcial” sobre una joven de la que ha escuchado grandes cosas. Es así como poco a poco va metiendo cabeza en esta esfera.

No pasa mucho tiempo antes de que toda la familia se haya infiltrado en la casa y haya llenado sigilosamente cada necesidad de la crédula familia rica: cocinar, conducir, cuidar a sus hijos. Pero lo que Bong elige hacer una vez que ha dejado la narrativa no es verter gasolina. En cambio, atiende sus pequeños fuegos con cuidado, revelando poco a poco la humanidad desordenada de sus personajes: todos los defectos, caprichos y aspiraciones medio enterrados que viven en algún lugar entre las señales obvias de los buenos (pobres) y los malos (ricos) .

En lo que la historia no parece particularmente interesada, a pesar de toda su conciencia de clase social, es en trazar líneas claras y fáciles entre la riqueza exterior y valor interior. Bong tiene argumentos de sobra para hablar sobre la desconexión entre el dinero y la meritocracia, los caprichos de la familia y las cosas que las personas hacen cuando el contrato social se desvanece repentinamente. Pero lo hace con tanto ingenio y corazón que casi se siente como un truco de magia: hacer girar grandes provocaciones dentro del entretenimiento que agrada a la multitud.

Eso es lo que hace que sus momentos finales sean tan inquietantes e inolvidables. Sí, la película es un test de Rorschach de a quién identificas como parásito y anfitrión, y es una prueba que es muy probable que falles. Una experiencia cinematográfica que se niega a caber en cualquier etiquetación posible y obliga a los espectadores a respirar el aire peligroso fuera de su zona de confort.