[artículo] Fallece Ozzy Osbourne, y con él muere un poco de todos nosotros

Por Jorge Fretes

Hay muertes que duelen, y mucho. Seguro que muchos de nosotros hemos compartido más momentos con Ozzy Osbourne que con algunos de nuestros familiares, ya sea a través de conciertos, discos, dvds, YouTube o a través de películas, porque Ozzy lo abarcaba todo. No se puede hablar del rock sin Ozzy Osbourne. No se puede hablar del metal sin rendirse ante su sombra. Porque más allá de ser el cantante más icónico que el género haya dado, más allá de la leyenda vocal de Black Sabbath, Ozzy fue un pionero, un visionario, un alquimista del caos que supo convertir lo marginal en monumental. Ozzy no sólo creó música, creó cultura y la moldeó con sus propias manos temblorosas. Ayer, 22 de julio de 2025, la oscuridad se volvió un poco más densa cuando supimos que Ozzy Osbourne, el eterno Madman, el alma desgarrada al que vimos por última vez en directo hace menos de dos semanas, nos ha dejado. Lo hizo como quiso, encima de un escenario, cuando él quiso, incluso desafiando a la ciencia y la medicina hasta el último respiro. Ayer no solo nos dejó Ozzy, ayer murió un poco de todos nosotros.

John Michael Osbourne nació en Birmingham (Inglaterra) en 1948, en el seno de una clase obrera tan gris como los cielos industriales de la ciudad… quizás eso lo acercó más a nosotros, su humilde origen, el no venir de una cuna de oro ni de padrinos musicales musicales, sin “ayudas”, siendo un simple currante. Pero de esa neblina surgió una voz que cambiaría la historia de la música para siempre. Fue con Black Sabbath, junto a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, que Ozzy le puso cara, voz y espíritu a un nuevo género. Nadie había oído algo así antes. El metal no nació de la rabia, sino del miedo, del horror, del desamparo. Y Ozzy lo entendía como nadie.

“Black Sabbath”, “Paranoid”, “Iron Man”, “War Pigs”. Todos tenemos claro de que no era el mejor vocalista de la historia, pero esa voz como de espectro salido de un manicomio tenía algo único, esa teatralidad entre lo grotesco y lo celestial. Ozzy tomó sus limitaciones y convirtió la oscuridad en arte, el pánico en poesía. Junto a Tony Iommi, el líder real de Black Sabbath, creó un lenguaje nuevo, y lo hicieron sin pedir permiso. Ozzy no se detuvo ahí, tras su salida de Sabbath en 1979 y cuando muchos lo daban por acabado, resucitó con una fuerza que parecía salida del infierno para tomar las riendas de su vida y ser por fin el líder. Junto al virtuoso Randy Rhoads, el disco ‘Blizzard of Ozz’ marcó un renacer legendario. “Crazy Train”, “Mr. Crowley”, “Flying High Again”… Ozzy estaba desatado. A veces balbuceaba más que hablaba, parecía un niño perdido en su propio laberinto de excesos, pero cuando subía al escenario volvía a ser un dios.

Antes de que las Kardashian hicieran del reality una mina de oro, Ozzy lo hizo primero. The Osbournes se había estrenado en MTV en el año 2002 y fue el primer reality show verdaderamente viral. La casa más caótica de Beverly Hills se volvió el salón de millones de espectadores en todo el mundo. Sharon, Jack, Kelly y un Ozzy que balbuceaba y soltaba perlas inolvidables nos mostraron algo inédito, a el ídolo sin filtros, sin maquillaje, sin tronos. Fue grotesco a veces, entrañable a partes iguales, gracioso siempre y profundamente humano. Un trovador del apocalipsis convertido en papá entrañable que no podía encontrar el mando a distancia. Y fue un éxito absoluto porque Ozzy entendía antes que nadie que el espectáculo no terminaba cuando se bajaba del escenario sino que solo empezaba.

Mientras el mainstream ignoraba al metal, Ozzy lo hizo brillar de nuevo. Ozzfest, el festival que fundó junto a Sharon en 1996, fue mucho más que un simple evento. Fue una declaración de principios, fue un refugio, un grito de guerra, una pasarela infernal donde desfilaron bandas como Slipknot, Tool, Korn, System of a Down, Pantera, Rob Zombie, Marilyn Manson. Sin Ozzfest muchas bandas no habrían tenido plataforma donde mostrarse al mundo, no habrían crecido, no habrían llegado al público que Ozzy les puso en bandeja. Porque Ozzy entendía que el metal no era un club exclusivo inalcanzable, sino una hermandad que se alimenta de sangre nueva. La gente veía a Ozzy como uno más.

También fue un forjador de leyendas. Randy Rhoads. Zakk Wylde. Jake E. Lee. Gus G. y tantos otros que pasaron por sus filas. Ser guitarrista de Ozzy era como ser caballero de la mesa redonda, no sólo tocaban con un maestro, eran elevados a otro status gracías a él. Ozzy tenía ojo, sabía reconocer el fuego interno en uno y no tenía miedo de dar espacio a quienes brillaban. Randy Rhoads murió joven pero dejó un legado inmortal, Zakk Wylde se convirtió en un titán del metal, y todos de algún modo se construyeron bajo el ala de un hombre que entendía que rodearse de talento no era una amenaza sino una virtud.

Vivió entre excesos. El murciélago, las drogas, las caídas literales y figuradas. La MTV, The Osbournes, los memes, la figura tragicómica que a ratos opacaba al genio. Pero Ozzy, incluso en sus momentos más caóticos, nunca dejó de ser una fuerza creativa pura. Siempre se levantó, tambaleante pero invencible, como si el diablo mismo no se atreviera a quedarse con él demasiado tiempo. En los últimos años, cuando su salud comenzó a deteriorarse, parecía que la cuenta regresiva era inminente. Pero como todo lo que hizo en su vida, Ozzy decidió despedirse a su manera. Y lo hizo con “Back To The Beginning”, ese evento irrepetible de hace unos días en el que, rodeado de viejos amigos y nuevas generaciones de músicos, repasó su vida, su música y su legado. Fue un ritual, una misa negra, una celebración del hombre que ayudó a convertir los riffs de sus guitarristas en religión. Quienes lo vivimos sabemos que ahí ya se estaba despidiendo, aunque no quisiéramos admitirlo (puedes ver nuestra crónica en este enlace)

Ozzy Osbourne no fue simplemente un músico. Fue un símbolo, el padre de un género que cambió el mundo. El tipo que nos enseñó que ser raro, oscuro, herido o marginado no es una debilidad, sino una fuerza. El hombre que nos hizo gritar en lugar de llorar, que nos hizo reír mientras hablaba con fantasmas o con sus propios fantasmas. Que nos recordó que la vida puede ser un caos y aun así tener ritmo. Hoy el metal está de luto, porque da igual si te gusta el heavy metal clásico, el metalcore, el black metal, el stoner rock, el death metal, el doom, el thrash metal, el punk o el hardcore, Ozzy tiene una gran influencia en todos los géneros,  y unos tentáculos que han llegado a todas partes de la cultura. El rock también está de pie gracias a él, más fuerte que nunca, porque lo que Ozzy construyó no puede morir y revive en artistas como Yungblud. Vive en cada adolescente que descubre “Children of the Grave” por primera vez y siente que le explota el alma.

Su último paso por nuestro país fue una peregrinación. Download Madrid 2018 y el Rock Fest Barcelona de aquel año fueron testigos de un Ozzy ya mayor pero indomable. No importaba la artrosis, la voz gastada, los achaques de la vida, porque cuando subía al escenario algo ancestral se apoderaba de él. Madrid lo ovacionó, Barcelona lo adoró. Y todos sabíamos, aunque nos negáramos a aceptarlo, que quizás era la última vez. Lo fue, y qué despedida (puedes leer nuestra crónica del Download Madrid 2018 en este enlace)

Ozzy, te fuiste como viviste, sin pedir permiso, sin disculparte, sin arrepentirte de nada y dejando un agujero imposible de llenar. Gracias por la locura, gracias por la música, gracias por haber sido siempre más grande que la vida misma. Ozzy ha aparecido en películas, videojuegos, camisetas, muñecos de acción. Ha sido parodiado, imitado, reverenciado. Ha sido figura de la contracultura y a la vez parte del folclore pop. Un meme antes de los memes. Un símbolo de libertad, de locura, de autenticidad brutal. En un mundo de impostores, Ozzy fue siempre Ozzy. Raro. Contradictorio. Honesto. Con una voz salida del más allá y una mirada de niño extraviado en medio del Apocalipsis. Sin él, el rock sería menos teatral, menos valiente, menos auténtico. Sin él, el metal no habría encontrado su idioma, su cara, su risa, su grito desgarrado. Hoy lo lloramos, pero también lo celebramos. Porque su legado no está en los discos ni en los documentales, sino en cada banda que gracias a su inspiración decidió desafiar al mundo con distorsión y actitud. En cada fan que encontró en sus letras un hogar donde refugiarse. En cada festival que se alzó como templo. En cada adolescente que, sin saber por qué, siente que algo le vibra por dentro al escuchar “Bark at the Moon” o “N.I.B.”.

Ozzy Osbourne no fue solo un cantante. Fue el arquitecto de un mundo donde la oscuridad no asusta. Donde ser distinto no se castiga, se celebra. Por supuesto que tuvo muchas sombras y polémicas, pero ¿Recordáis alguna que opaque su legado? Y por eso, aunque se haya ido, Ozzy no morirá jamás. Porque lo que creó es eterno. Porque él no fue de este mundo, y ahora al fin, ha vuelto al suyo.