Texto: Jorge Fretes
Fotos: Javier Sierra
Hay una cosa que ni el presupuesto más abultado ni la mejor campaña de marketing del mundo pueden conseguir, y eso es que un cartel tan abultado que reúna punk, hardcore, pop, electrónica, post-rock, flamenco, shoegaze, blackmetal y una fiesta de disfraces alocados en un mismo fin de semana pueda reunir a tanta gente de diferentes partes que compartan las mismas ganas de pasarselo bien sin rechistar. A las puertas de su vigésimo aniversario el Canela Party ya juega en otra liga, y se puede decir con seguridad que ya no necesita suerte para calificar cada edición como un éxito total. El pitote otro año más ha sido fantabuloso.
Este año había algunos cambios. Se eliminó la tradicional jornada gratuita del miércoles y las actuaciones pasaron a comenzar a partir de las 19:00 para esquivar en la medida de lo posible el horno malagueño de finales de agosto. Para que los peques no se quedaran con ganas el viernes hubo castillos hinchables, disfraces y actividades para los más pequeños. Preocuparse de esos pequeños detalles es algo que el Canela tiene muy interiorizado y le funciona de maravilla, si la gente vuelve también es por la gran experiencia.
Este año también hubo que improvisar. Más del 15% del cartel sufrió cancelaciones o aplazamientos a lo largo del año, pero la organización consiguió recomponer las tres jornadas con sustituciones que en algunos casos acabaron mejorando lo que había sobre el papel. La asistencia total alcanzó las 16.500 personas y pese al aumento respecto a la edición anterior el recinto nunca llegó a convertirse en una lata de sardinas. Ni colas eternas ni carreras para conseguir una cerveza, ni esa sensación de estar haciendo cola durante medio festival mientras te pierdes a tu artista favorito.
La primera jornada empezó para nosotros con man/woman/chainsaw bastante antes de que el cuerpo hubiese terminado de asumir que aquello iba para largo. A unas horas poco misericordiosas para semejante festival, los de Londres salieron animados y dejaron una actuación de art rock que confirma por qué algunos empiezan a señalarles como los nuevos Arcade Fire (salvando las distancias), aunque probablemente ellos preferirían que nadie se pusiera demasiado solemne con la comparación.
Después llegó Geordie Greep, ex-Black Midi, dispuesto a demostrar que la palabra “técnica” puede ser compatible con pasárselo bien. Lo suyo fue un despliegue titánico de simpatía, precisión y canciones que siendo honestos son café para muy cafeteros. Hubo bailes, gestos, cambios imposibles y suficiente exhibición instrumental como para que más de uno saliera pensando que quizá tendría que haber estudiado más música o haberle dedicado más tiempo a la música unida al spoken word. Todo en su medida justa, antes que de empezara a rallarnos seriamente con ese disparate (en el buen sentido de la palabra, pero disparate).
Melody’s Echo Chamber tuvo que jugar con un sonido que no estuvo de su lado. En algunos momentos la zona de DJs Gromenauer se colaba con demasiada alegría en su actuación, pero Melody Prochet consiguió sacar adelante un set de psicodelia pop que pedía mejores condiciones de escucha de las que tuvo…al menos para quienes no estábamos justo delante del escenario. Quitando ese pequeño contratiempo, las piezas de pop psicodélico con voz suave del combo francés brillaron con la noche ya encima.
Basement, uno de los nombres más esperados de toda la edición convirtió la primera fila en territorio comanche. Hubo pogos, empujones y una energía que no parecía compatible con un concierto cuyo sonido de guitarras (y el volumen general) quedó por debajo de lo esperado, aunque os puedo decir que dentro del pogo eso importaba bastante menos. Andrew Fisher tampoco tuvo precisamente su noche vocal, pero cuando tienes “Covet” en el repertorio hay problemas que se pueden perdonar. Al día siguiente la organización explicó que el volumen estaba relacionado con los técnicos de sonido de la propia banda, una aclaración necesaria después de que el asunto diese bastante que hablar…pero los putos Basement tocaron en Torremolinos y fue épico.
Friko llegaron casi de tapados para sustituir a Unknown Mortal Orchestra y salieron con algo más que otro día en la oficina ya que dejaron varios conversos por el camino. Maruja por su parte compensaron con creces su caída del cartel del año anterior con su rock progresivo que acabó convertido en espectáculo, especialmente cuando el saxo terminó entre las primeras filas en una escena que parecía a punto de acabar mal y precisamente por eso acabó siendo estupenda. El batería Jacob Hayes llevaba una camiseta de la banda andaluza Palmar de Troya, detalle que no pasó desapercibido.
Baiuca ocupó el lugar de Prostitute, que habían sufrido un retraso en el vuelo hacia Málaga, y si hubo un nombre que ganó por K.O. la primera jornada fueron Speed. El grupo australiano protagonizó uno de los pogos más bestias que se recuerdan en el Canela, pero también uno de los más divertidos. Antes de tocar recibieron una camiseta del colectivo Málaga Hardcore y la colocaron sobre uno de sus amplificadores, también hubo menciones al colectivo durante el concierto, crowdkilling y hasta una flauta.
Queda demostrado que todo es susceptible de convertirse en hardcore si se hace con suficiente convicción y gimnasio. Prostitute finalmente llegaron y cerraron la jornada con un set abrasivo como si no hubiesen pasado horas atravesando aeropuertos, y cumplieron con la misión de dejarnos con hambre de más. A las 3 de la mañana nos invitaron a abandonar el recinto y al igula que medio festival tuvimos que peregrinar hacia el Why Not? para acabar en la última tienda de kebabs abierta de Torremolinos.
El viernes arrancó con Gazella, capaces de moverse dentro de un estilo reconocible pero con la dosis necesaria para ofrecer algo diferente. Sus composiciones tienen bastante más que ofrecer de lo que podría sugerir una etiqueta rápida como el shoegaze o el dreampop, o comparaciones odiosas con My Bloody Valentine o Slow Dive. De hecho tuvieron hasta su puntito kraut.
Fuet! eran uno de los grupos nacionales con más ganas de ver después de su ascenso meteórico tras ‘Make It Happen’ y su paso por Resurrection Fest. El comienzo no fue fácil porque el sonido tampoco ayudó demasiado, pero el grupo se recompuso rápido y acabó provocando los primeros pogos importantes de la jornada, remo vikingo incluido, y al guitarrista Stiff de Johnny Garso cubriendo temporalmente a Al las seis cuerdas. También hubo recuerdos para su primera vez en Málaga hace unos años y para Sopa Jervia, colectivo que les ayudó en sus primeros pasos por la ciudad. Un detalle que explica bastante bien cómo se construyen ciertas escenas, a base de gente que está ahí antes de que la cosa se ponga realmente seria. Y es justamente lo que hace el Canela, traerte la mayoría de las bandas antes de que exploten popularmente a precios desorbitados.
Ángeles Toledano puso la nota flamenca del día. Si en 2025 esa conexión pasó por Frente Abierto y su mezcla con el doom, esta vez el flamenco llegó sin tantas capas. Hasta apareció una especie de pogo durante una sevillana, algo que probablemente no estaba en ninguna quiniela, y demostró que Canela Party sigue siendo un escaparate no solo para el rock.
Weird Nightmare, el proyecto de Alex Edkins de Metz, fueron una auténtica apisonadora que flipó a todo aquel que alguna vez le haya dado por el garage rock veloz en los 90s (vaya manera de aprovechar el tiempo tocando más de 15 temas en tan poco tiempo). Mannequin Pussy comenzaron mucho más contenidos para terminar soltando la rabia que les caracteriza, con un sonido de 10 y una Marisa Dabice que volvió a justificar por qué bandas como Foo Fighters se la llevan de gira…menudo show, menuda líder, ninguna pega y una lección clara de como derrochar aura.
Pero el gran golpe del viernes lo dieron High Vis. Sonido contundente, un frontman incapaz de permanecer quieto y un repertorio muy bien equilibrado entre melodía y hostia a mano abierta. El tipo de concierto que consigue que hasta quien venía simplemente a mirar termine metido en el asunto, y sin duda el comentario generalizado es que no han sonado asi de bien nunca en España.
Después hubo espacio para La Paloma, Rufus T. Firefly y Mala Gestión, estos últimos disfrazados de Phineas & Ferb y aprovechando la viralidad de algún que otro single para montar un concierto que gustó bastante más de lo que podría haber sugerido la broma inicial. El final además se fue hacia The Prodigy.
Máquina pusieron el cierre con solvencia. Aunque su concierto estuvo acompañado de una de esas historias que sólo pueden suceder en un festival de este estilo, con uno de sus pipas que no pudo estar acompañándoles en el escenario porque fue detenido por un policía de paisano en uno de los baños del recinto. El grito de “Free Mario” terminó convertido en la consigna no oficial de la noche.
Todo el que conoce el Canela o le suena de algo sabe que el sábado es siempre el día grande. También el día en que el Canela demuestra que su concurso de disfraces podría funcionar perfectamente como festival paralelo, donde cada año la peña se curra más y más su lugar en el photocall.
Sandré se encargaron de poner las cosas calientes desde el principio con su punk rock directo a la cara, mientras por detrás desfilaba gente disfrazada con un nivel de producción que ya empieza a resultar preocupante para nosotros los simples mortales. En “Cabeça” apareció Dandy Piraña de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba para añadir todavía más gasolina.
Karen Dió llegaba con ‘Fugaz’, su nuevo EP publicado apenas unos días antes, y dejó claro que lo de Instagram y TikTok se queda corto para explicar lo que hace. Punk rock, power-pop y muchas ganas de saltar. Habló en portugués durante parte del concierto y buscó especialmente a los asistentes latinoamericanos. No parece casualidad que sus próximos conciertos en Brasil incluyan fechas junto a Foo Fighters, se lo ha ganado a pulso.
Wavves hicieron lo que tenían que hacer, un buen concierto que sonó a verano de 2013 y con ningún tema malo, incluso con un “Goner” que sonó muy pronto, y con un siempre polémico Nathan Williams que esta vez estuvo más contenido. Pero quienes realmente pusieron a bailar a todo el recinto fueron Nation of Language, quienes disfrazados de magos hicieron magia de verdad. Todo el festival bailando sin excepciones aparentes, como si Depeche Mode hubiera decidido rejuvenecer unas cuantas décadas.
Carolina Durante asumieron el papel de cabezas de cartel y en su segunda visita al Canela en pocos años decidieron no escatimar en la producción. Montaron un circo literal con presentador, payasos, hombres forzudos, un ave enjaulada que parecía tener sus propios planes y toda clase de cacharrería. El pogo fue probablemente el más grande de la noche y por encima del público volaron hinchables, flotadores y hasta un Cubarsí de papel maché. El repertorio además tuvo algo de desafío ya que dejaron fuera “Cayetano” y “Famoso en tres Calles”. Lo importante es que sobrevivimos, bañados en birra y quien sabe que fluido más, pero sobrevivimos.
Después de aquello meter a Deafheaven era una apuesta con riesgo de que el público necesitase una grúa para seguir adelante. Funcionó, porque si el año pasado Amenra pusieron la cuota de oscuridad, este año tocó post-black metal con shoegaze, confeti negro y una banda que salió a tocar como si fuese una bola de demolición. Aunque no llevaron su habitual despliegue de luces, hicieron un despligue físico y emocional que se queda para nosotros. En uno de los mejores momentos de la noche George Clarke recogió un sombrero de verdiales que le hicieron llegar desde el público los miembros de la banda malagueña Lunavieja. El post-black metal se convirtió momentáneamente en una celebración folclórica malagueña bastante difícil de explicar a alguien que no hubiese estado allí.
Por debajo del radar quedaron también Upchuck, Las Petunias y Chalk, hasta que Cervatana apareció pasadas las cuatro de la mañana vestidos de Matrix para cerrar el festival. Su mezcla de electrónica, guitarras y momentos cercanos al breakbeat recordó por momentos a unos Derby Motoreta’s Burrito Kachimba pasados por un sintetizador. Fue un cierre extraño y divertido, bastante más acertado de lo que dictaría cualquier horario de las cuatro y pico de la mañana.
No nos podemos despedir sin hablar de Gromenauer. La zona de DJs volvió a funcionar durante las tres jornadas como ese lugar del que uno piensa que estará solo 5 minutos y reaparece hora y media después para buscar a los soldados desaparecidos. Hubo polémica en redes a pocas horas del comienzo del festival a raíz de las declaraciones de una DJ que ni merece mención si no te has enterado de la movida, pero la pista hizo caso omiso y no paró de mover los pies. Siempre había gente, mucha para bailar, beber, encontrarse con alguien que no veías desde hacía meses o simplemente retrasar todo lo posible el momento de volver al escenario principal.
Eso también explica el Canela Party, ya que la música en directo es evidentemente el centro del evento, pero el festival funciona porque alrededor hay una forma bastante concreta de hacer las cosas. Los precios de las bebidas no se dispararon, los problemas se intentaron solucionar con rapidez y el personal estuvo pendiente de que el invento funcionara. Puede sonar sencillo pero en un festival de este tamaño puede ser una verdadera odisea cuando tienes tantos frentes abiertos. Ya lo decía una de las pantallas: “The KKR took your festi away”
Con 16.500 personas acumuladas durante las tres jornadas el Canela volvió a crecer sin dar la sensación de estar creciendo hasta perder su identidad. El acierto está en que puedes tener más público y todavía seguir encontrando sitio para moverte, beber algo, ver un concierto sin jugarte la vida y acabar hablando con alguien que conociste cinco minutos antes. También en programar a artistas que quizás no sean superventas pero lo serán en breve, así que corre a descubrirlos y fliparlos antes de que se los robe el promotor más desalmado que haya.
En 2027 llegará el vigésimo aniversario y ya tenemos los primeros nombres, pero antes toca reconocer que esta edición ha quedado escrita a fuego para las batallitas que vamos a contar a lo largo de los años. El Canela sigue siendo ese festival al que se va a escuchar música, pero también a ver qué demonios lleva puesto el de al lado, a encontrarte en un pogo con alguien que acabas de conocer y a descubrir que después de tres días todavía te quedan fuerzas para bailar a las cuatro de la mañana mientras siga habiendo confeti en algún rincón del recinto. En agosto en Torremolinos eso es un triunfo absoluto!
View this post on Instagram





















































































