[el cinéfilo] Evil Dead Burn, de Sébastien Vaniček

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Por Nekrokosmos

Sébastien Vaniček, el director francés que ya nos dejó bastante claro con Vermin: La plaga que lo suyo no es precisamente hacer terror con guantes de seda, se mete de lleno en el universo creado por Sam Raimi para entregar una nueva ración de sangre y salvajismo. Evil Dead Burn (o Posesión Infernal: En Llamas si lo prefieres) es la sexta entrega de la saga y funciona una vez más como una historia independiente dentro de este universo.

Alice (interpretada por Souheila Yacoub) acaba de perder a su marido y se refugia junto a la familia política en una casa apartada. Lo que debería ser un encuentro familiar marcado por el duelo se convierte rápidamente en una auténtica carnicería cuando los Deadites empiezan a hacer de las suyas. Si ya es complicado aguantar a tus suegros en circunstancias normales, imagina cuando además empiezan a poseerte demonios del Necronomicón. Vaniček juega su mejor carta y no se corta en absolutamente nada.

La película entra fuerte y después decide apretar todavía más. Hay asesinatos que te obligan a mirar a otro lado, escenas con una utilización de objetos cotidianos que consiguen algo que el terror moderno necesita desesperadamente, y es que vuelvas a mirar tu propia casa con cierta desconfianza.

Un lavavajillas, un coche, un tenedor, un bolígrafo… después de esta película uno empieza a pensar que prácticamente cualquier cosa puede convertirse en un arma infernal. Eso para los que disfrutamos del gore es una auténtica fiesta. Hay algo estimulante en ver a un director entrar en una franquicia tan conocida y decidir que su principal aportación va a ser subir todavía más el nivel de hijoputismo.

Lo que más me interesa de la película es precisamente la personalidad de Vaniček ya que no intenta convertirse en Sam Raimi. Tampoco intenta repetir lo que hicieron Fede Álvarez o Lee Cronin, y eso es importante ya que la saga Evil Dead lleva décadas sobreviviendo porque cada director ha encontrado su propia manera de meterle mano al material.

Aquí tenemos una versión mucho más sucia, incómoda y física. El director francés lleva consigo parte de ese gusto por el terror extremo que ya enseñó en Vermin: La plaga, pero ahora tiene detrás una franquicia con muchísimo más músculo y poder. Hay planos especialmente cabrones. Movimientos de cámara muy bien pensados, pero no todo funciona igual de bien.

La película tiene momentos en los que el ritmo se resiente y hay decisiones visuales y efectos que no están al mismo nivel que sus mejores secuencias. Evil Dead Burn no quiere limitarse a ser una sucesión de cuerpos despedazados, la película coloca en el centro el duelo, la violencia doméstica y una relación familiar completamente podrida. Alice no solo tiene que enfrentarse a los Deadites sino que también tiene que enfrentarse a las heridas que le ha dejado su propia familia.

Es una idea interesante e incluso potente, pero el problema es que la película no siempre sabe cómo manejarla. Hay momentos en los que la violencia física y la violencia emocional se mezclan de una forma bastante efectiva, pero también otros en los que el discurso parece demasiado evidente y termina pesando sobre una película que en el fondo funciona mucho mejor cuando simplemente se deja llevar por el caos. Dicho esto entiendo a quienes consideran que el tema de la violencia de género queda reducido a una excusa para hacer sufrir todavía más a los personajes. Creo que la película habría ganado si hubiera confiado un poco más en sus imágenes y un poco menos en la necesidad de explicar lo que está contando.

El Necronomicón, la daga kandariana y diferentes conexiones con el universo de la saga siguen ahí, incluso hay referencias y detalles pensados claramente para quienes llevan años siguiendo las películas. Esta Evil Dead no necesita a Ash para funcionar y me parece una decisión acertada ya que la franquicia ya ha demostrado que puede sobrevivir perfectamente sin Bruce Campbell en primera línea.

Evil Dead Burn no tiene la mala leche juguetona de Raimi, ni el pulso seco y brutal del Evil Dead de 2013, ni el equilibrio entre terror y espectáculo de su predecesora. Su apuesta va por coger el universo, quitarle buena parte del humor y llevarlo hacia un terreno mucho más desagradable. A veces se pasa de rosca. A veces el guion no está a la altura de la barbaridad visual que tiene entre manos, y en algún momento uno puede acabar pensando que la película está más interesada en hacerte sufrir que en contarte algo.

Vaniček ha entrado en una de las franquicias de terror más queridas de las últimas décadas y ha decidido hacer su propia película. Una película desagradable, sangrienta, incómoda y por momentos tremendamente divertida. Es para aquellos que disfrutan viendo como el gore cruza la línea y sigue caminando un poquito más.