Texto: María del Carmen Tajuelo
Fotos: María del Carmen Tajuelo
Sobrevivir para contarlo. Si estás leyendo estas líneas es porque mi cuerpo (y alma) han salido intactos de los pogos de Knocked Loose, Electric Callboy y We Came as Romans… un paseo en bicicleta dicen. Este es mi tercer año en Graspop Metal Meeting (Dessel, Bélgica), pero ha sido, sin duda, el más diferente de todos. He visto el festival con otros ojos. Quienes me conocen saben que mi hábitat natural es el foso. Sin embargo, en los últimos dos años las condiciones han empezado a cambiar, la sombra de la gestión interna de Live Nation empieza a verse y se nota una reducción de plantillas y modificación de accesos. Este año he cambiado la cámara por el boli —o la pistolita de agua— y me ha tocado ser cronista. Qué maravilla de perspectiva.
PUEDES VER TODAS LAS FOTOS EN ESTE ENLACE.
Jueves: Reencuentros, contrasoles y el descubrimiento del festival
Llegar a Dessel siempre te reconcilia con el mundo. Da igual si vienes en avión, en tren desde Amberes, en el shuttle desde Mol o en bicicleta como hacen los locales (sigo sin entenderlo, pero cosas de choques culturales). El primer día de Graspop es pura fantasía visual: los campos de un verde intenso, el sol brillando con fuerza y una marea humana rebosante de energía esperando a que abran puertas para disfrutar de 4 días con amigos y familia.
Como siempre, el tema de las acreditaciones parece ser imposible de que funcione bien a la primera. Por lo que sea, siempre acaba resolviéndose con la ayuda de la gente que trabaja allí, este año he tenido un ángel de la guarda que me ayudó de todo corazón. Una vez dentro, tocaba ir a la zona de prensa a colocar el equipo y a reencontrarme con los compañeros de media con los que llevo coincidiendo todos estos años y que hacen un trabajo espectacular de cobertura. Equipo listo, yo lista, ganas listas… ¡Graspop, allé voy!
Cruzar el recinto recién abierto para ver a Ankor en el Metal Dome a la una de la tarde fue una experiencia casi mística. Poco que comentar sobre las dificultades titánicas que tienen las bandas españolas para exportar su música al extranjero, no pude evitar sentir ese orgullo nacional sabiendo que cada vez más y más bandas lo consiguen.
A pesar del calor asfixiante que empezaba a concentrarse bajo la carpa y de lo temprano de la hora, el ambiente era ya de festival. El público no solo curioseaba, se sabía las letras, saltaba en los estribillos y abarrotó la posterior sesión de firmas. Verlos defender su estilo con esa solvencia en el circuito europeo es la confirmación de que Ankor ha dejado de ser una banda que promete para convertirse en una banda que revienta festivales.
Como amante del metalcore y de los sonidos potentes, mi gran cita de la tarde era con A Day to Remember en el South Stage. Sigo sin entender la necesidad de programar bolazos de este calibre a las seis y media de la tarde con todo el sol de cara, pero ahí estábamos yo y otras tantas mil personas apoyando ADTR.
La banda ofreció una VIP Fan Experience, subiendo a un grupo de fans seleccionados al escenario. No entendí muy bien el concepto. Los shows están hechos para verse desde fuera del escenario, no desde dentro (donde ni ves, ni oyes, y solo le ves los culos a los músicos). No sé cómo de fantasiosa pudo ser esa experiencia para los fans, viendo a la banda de espaldas, recibiendo el sol de frente con un contraluz de locos y poniéndose más rojos que una gamba. Pero oye, sarna con gusto no pica. He de decir que las vistas de la marea humana frente a los escenarios North y South, con la noria al fondo, es una de esas imágenes que no se te olvidan en la vida.
Abajo, en el público, el concierto se vivió de otra forma y el crowdsurfing se convirtió en un deporte de riesgo: gente surfeando sobre los propios crowdsurfers, cadenas humanas flotando por el aire y yo allí abajo, sufriendo por mi vida y por mi equipo mientras cantaba “Paranoia”, “All My Friends” o mi favorita, “Resentment”. Un bolazo impecable.
Mientras caminaba de vuelta a prensa, de fondo sonaba Megadeth. Nada nuevo bajo el sol de Dessel. Llevo años sin entender a Dave Mustaine. Su directo actual sigue el mismo patrón de siempre: un señor mirando al suelo, balbuceando al micrófono mientras el resto de la banda se queda en un segundo plano. Eso sí, el nivel técnico y el sonido de la PA del festival es tan absurdamente impecable que daba igual estar en la otra punta del recinto, las pantallas gigantes te hacían sentir en el salón de tu casa.
Poco después, Within Temptation demostraba por qué juegan en casa. Las colas para sus firmas eran de las más largas y la gente esperaba desde primera hora de la mañana, se nota que en el Benelux son auténticas deidades. Sin embargo, su directo me dejó fría (de nuevo). Los encontré lineales, un tanto encasillados en una puesta en escena que ya les vi hace un par de años y que carece de riesgo creativo. Tienen himnos brutales que tocaron (“The Reckoning”, “Faster”, “Paradise”…) y que a mí me encantan y el público adora, pero no aportaron nada nuevo. Teniendo una joya por descubrir en otra carpa, decidí mover ficha.
Hay bandas que entran de golpe en tu vida a través de una lista aleatoria de Spotify, te vuelan la cabeza y se quedan para acompañarte una buena temporada. Eso me pasó con President, su concierto en el Metal Dome fue la confirmación absoluta de su genialidad. A nivel visual, el directo fue una auténtica fantasía conceptual. Todos enmascarados de negro, con el líder vistiendo un esmoquin impecable y una máscara plástica con rostro. Un juego de luces laterales muy moody, siluetas marcadas, sombras dramáticas y un rojo intenso que lo inundaba todo. No necesitaban más atrezzo que una cruz patriarcal de doble brazo presidiendo el escenario.
La voz del frontman es magnética, rompiendo esquemas al alternar una voz limpia impecable con guturales que te atravesaban el pecho. El Metal Dome estaba a reventar de fans con camisetas de la banda y curiosos que entran a dejarse sorprender. Mi descubrimiento de este año, sin duda, me volaron el cerebro por completo.
Con el listón en lo más alto, sin ser yo especial devota de The Offspring ni de Limp Bizkit (a los que además era imposible acercarse a menos de 300 metros por la cantidad de gente que había) y con una señora tormenta belga sobre nuestras cabezas, decidí que el viaje del jueves había concluido de la mejor manera posible.
Viernes: Alerta naranja y la bendita locura del metalcore
Si el jueves fue el día de los reencuentros, el viernes estuvo marcado por dos factores imbatibles: una alerta naranja por altas temperaturas que amenazaba con derretir Dessel y una noche de tormentas eléctricas de las que hacen afición. Un día que, en lo musical, pintaba sobre el papel como el más flojo para mis gustos personales, pero del que acabé rascando petróleo de la forma más inesperada.
Mi jornada empezó temprano, a las dos de la tarde, con el termómetro ya disparado y rodeada de gambas belgas. Tocaba ver el proyecto donde canta Jason Aalon Butler (el mismísimo cantante de Fever 333). Quien haya visto a este hombre en directo sabe perfectamente a lo que va: liada máxima garantizada.
Su concierto es un formato impredecible. Lo mismo te trepa como un mono por los andamios del escenario dejando a los de prevención de riesgos laborales al borde del síncope, que te rompe una guitarra o salta al público con un cable de micrófono kilométrico para cantar a hombros de la peña. Además, el trasfondo social y la lucha por los derechos de las minorías en sus letras le dan una fuerza brutal. Con el escenario Jupiler a tope a una hora prohibitiva, fue la dosis de adrenalina perfecta para arrancar.
Después me acerqué a cotillear un rato a Trivium. Yo los descubrí en su época del ‘In Waves’ y me entusiasman un par de canciones, pero honestamente tienen un directo bastante potente. Aunque a ver, señores organizadores: seis de la tarde, alerta naranja por ola de calor… ¿En serio es necesario activar los lanzallamas del escenario? Yo estaba lejos y sentía el fogonazo… No me quiero imaginar lo que era estar en primera fila. Hacía muchísimo calor.
De hecho, poco después vi cómo la Cruz Roja evacuaba a una chica desmayada. No hay que tomarse las altas temperaturas a la ligera. Aquí me quito el sombrero con el público de Graspop. Hace dos años ya vi cómo la gente levantaba los brazos en cruz (la señal universal de que algo va muy mal) para parar un concierto y sacar a alguien. Esta vez pasó cerca de la zona de movilidad reducida: la marea humana se abrió con un respeto sepulcral para dejar pasar a las asistencias y, en cuanto evacuaron a la chica, todo el mundo arrancó en aplausos apoyando a los sanitarios. El civismo de este festival es de etiqueta.
Ver a los míticos Sex Pistols en pleno 2026 es presenciar historia viva, pero seamos honestos: los caballeros ya no están para tirarse al público ni romper guitarras. Por eso, el fichaje de Frank Carter a la voz fue una jugada maestra. Le aporta una energía, una disrupción y una violencia sana que a la banda le sienta de escándalo. Daba igual que no fuera mi estilo predilecto, ver a la gente dejándose la garganta con “God Save The Queen” o ver a Frank Carter tirándose al público para liar un mosh pit gigante a su alrededor fue un espectáculo tremendo. Hubo mil restricciones para los fotógrafos en el foso, pero bueno, gajes del oficio.
De ahí volé de nuevo al Jupiler Stage porque tenía marcado en rojo el concierto de We Came as Romans. ¡Qué ganas tenía de verlos! Qué fuerza, qué sonido y qué conexión. El concierto coincidió justo con el atardecer, con el sol poniéndose detrás de la noria, creando un contraluz idílico. Envidia cochina del fotógrafo porque el paisaje era espectacular.
Si vas a ver a We Came as Romans, ya sabes que no va a ser un público tranquilo. Efectivamente: venga gente volando por encima de las cabezas. Había cadenas humanas de gente tumbada como planchas flotando, padres, hijos, parejas… todo el mundo haciendo figuras como si se tratase de Castellers. No se rompieron la cabeza porque Dios no quiso.
La noche avanzaba y tocó el turno de Alter Bridge, mi descanso técnico antes de la siguiente banda. Suenan de una forma absurdamente perfecta en directo. Myles Kennedy tiene una voz impresionante y la técnica de Tremonti a la guitarra es impecable, pero a mí no me entusiasma. Sé que es la banda favorita de mucha gente, pero para mí es un grupo para ver sentado en una grada, o mejor aún, la banda perfecta de fondo para irte a cenar tranquilamente mientras despliegan su virtuosismo.
Y eso me pasó. De repente acabo de cenar, me encuentro de frente con Knocked Loose (no los llevaba en el radar para esa hora) y decidí quedarme a ver de qué palo iban… Bueno, casi muero en el intento. Menos mal que me saqué un buen seguro de viaje antes de volar a Bélgica, porque fue el polo opuesto a la pulcritud de Alter Bridge.
Una propuesta pesadísima, oscura, con unos bajos que te retumbaban en la boca del estómago y un público desatado con los típicos flipados haciendo flying karate kicks en mitad del mosh pit. No paraba de volarme gente por encima de la cabeza y yo, que encima no me quito ni me achanto, terminé en mitad del huracán. Me impactó muchísimo ver a una banda de este calibre en un escenario tan principal (normalmente estos sonidos tan duros se quedan en el Marquee o en el Jupiler), pero venían con ganas de reventar Graspop y vaya si lo hicieron. El Jupiler se les habría quedado ridículamente pequeño.
Tras cumplir el trámite de las tres canciones reglamentarias de rigor con Volbeat, decidí retirarme al alojamiento a descansar, sabiendo que había superado el viernes.
Sábado: El Triunvirato del Metalcore
Tras la tempestad de la noche anterior, el sábado amaneció soleado y listo para otra jornada intensa. Mi ruta arrancó a media tarde en el South Stage con Hollywood Undead. A ellos los tengo muy vistos y me mola mucho su rollo, los himnos que se gastan “Fuck that shit, let’s start a riot!” y lo mucho que mueven a la masa. Daba igual que fuera primera hora de la tarde en el tercer día de festival, a la peña le daba igual y ya lo estaba dando todo. Eso sí, el panorama humano era digno de un capítulo de Jara y Sedal, con una horda de gambas y langostinos andantes. Por más crema solar que se eche la gente, a estas alturas ya no es suficiente, pero el compromiso del público con la escena es intachable.
Aunque el sol no daba tregua, la falta de aire incrementaba la sensación térmica en los fields, haciendo que la supervivencia fuera inviable si no buscabas una sombra o te tapabas los hombros con una toalla mojada. En estos momentos es cuando valoras los detalles de un festival top: el acceso a agua potable gratuita que no sabe a manguera es un salvavidas, el mínimo tiempo de espera en las barras y las inexistentes colas para los baños.
Three Days Grace salieron al North Stage con el ambiente ya muy caldeado. Podría decirse que Graspop tiene un público muy variado: se puede ver un corte más tradicional y veterano en los escenarios principales, pero es un gustazo ver cómo las nuevas bandas tienen su espacio ultra respaldado por las nuevas generaciones.
Antes de Babymetal me pasé por el Jupiler Stage para ver a Sonata Arctica. Crecí con su música, pero las cosas como son: ya no mueven al volumen de gente de antaño y sus últimos directos me resultan fotocopias unos de otros. Me trilla especialmente que sigan cerrando con “Vodka”: «Vodka, vodka, queremos más vodka»… por favor, ¿qué tenemos, 15 años? Se me hizo un pelín cuesta arriba.
Desde la distancia me crucé después con Babymetal. Sin ser mi estilo predilecto, reconozco que cada vez me entran mejor. Esos pitches tan agudos a veces me saturan, pero los temas que eligen para los festivales están muy bien tirados, a la gente le hace gracia un “Pa Pa Ya!!” o “Gimme Chocolate!!”. Además, sus recientes colaboraciones con tótems como Electric Callboy en “Ratatata” o Slaughter to Prevail en “Leave It All Behind” hacen que arrastren masas. Su show es un acierto seguro: fuego a mansalva, mucha performance y una ejecución milimétrica.
El núcleo duro del sábado venía bendecido por un combo impecable. Empecé con Architects. Qué locura, qué sonido y qué absolutos dioses son. Tienen unos audiovisuales espectaculares y cuando rompen con himnos como “Cursed”, “Doomsday” o “Blackhole”, aquello se convierte en una marea de pogos y crowdsurfing. ¡Qué fantasía acabar con “Animals”!
Al terminar, decidí quedarme por la zona para presenciar el inicio de Bad Omens. El ambiente en los campos de Graspop ya era de lleno absoluto, un auténtico póker de ases que hacía que moverse por el recinto fuera casi misión imposible. La banda desplegó toda su artillería conceptual, luces moody y un sonido muy bien tirado. Madre mía cómo retumbó la fanbase cuando salió Noah al escenario. Ni que decir tiene que era imposible ver nada más allá de pantallas de móviles en el tema “The Death of Peace of Mind”. Los recuerdo igual de buenos en directo que cuando los vi por última vez: sonido potente y bien definido, puesta en escena impecable y un setlist plagado de sus temas más virales.
En mitad del set de Bad Omens, decidí moverme para ver a Avatar en el Jupiler Stage. Conclusión inmediata: Avatar ya no es una banda para ese escenario. Todo lo que pude presenciar: las llamaradas, las hordas de gente volando, las chispas cayendo desde el techo… Demostró que esa carpa se les queda minúscula. No sé si por seguridad y pirotecnia se les puede meter en el Marquee, pero su sitio natural en la próxima visita debe ser un Mainstage.
El foso era un auténtico embudo impracticable entre la seguridad recogiendo cuerpos, la avalancha de gente y los fotógrafos intentando trabajar sin salir ardiendo. Avatar es esa banda que pone en las tablas una genialidad dinámica que jamás te deja indiferente. Salí con muy buen sabor de boca.
Me fui directo para ver a LA BANDA del día (y casi del festival): Bring Me The Horizon (o más bien, Oli y sus muchachos, porque la banda es el magnetismo de su frontman). Los había visto hace un par de años en el Resurrection Fest y me parecieron correctos, sin más, en comparación con la vez anterior. Pero la producción que traen ahora es una salvajada que me reventó la cabeza.
El sonido era una delicia y la propuesta audiovisual iba más allá de la pantalla del fondo con su avatar de ángel caído, las pantallas laterales jugaban en tiempo real con el directo de una forma brutal. Subieron a una fan a cantar que se dejó la vida allí arriba, convirtiendo el show en una experiencia 360° impecable. Una obra maestra conceptual. Otra vez envidia cochina del fotógrafo de la banda que sacó fotones del concierto.
Y el punto mágico de la noche llegó con los acordes de la lluvia. Justo cuando la atmósfera musical se ponía más intensa con “Doomed”, estalló una señora tormenta real sobre Dessel. Ver a la marea humana llorar y cantar bajo el aguacero fue un momento de película. La lluvia entendió su trabajo y se convirtió en el mejor actor improvisado que ni la propia banda habría podido planificar mejor. Las condiciones meteorológicas me obligaron a retirarme antes del cierre, pero el veredicto del sábado es incontestable: Architects, Bad Omens y BMTH firmaron una jornada histórica.
Domingo: Orgullo estatal, delirio rave y discursos pregrabados
El domingo amaneció soleado y listo para otra jornada intensa. Sigo sin explicarme cómo sobrevive la gente en las tiendas de campaña con semejantes trombas de agua y tormentas nocturnas, pero los festivaleros del norte están hechos de otra pasta. El último asalto del festival empezó de la mejor manera posible: cerrando el círculo festivalero con otra banda española a la que le tengo mucho cariño: Killus.
A las doce de la mañana me planté en el Marquee, la carpa más imponente del festival tras los escenarios principales, para ver a los chicos de Killus. Qué lección de moral fue entrar y ver que los belgas habían acudido en masa a primera hora para darlo todo con ellos. Iban espectaculares, guapísimos con su habitual estética oscura, y defendieron un directo potente y nítido. Me hizo una ilusión tremenda ver a una banda estatal conquistando un titán como Graspop y demostrando que hay vida e impacto más allá del circuito de salas de Madrid o Barcelona.
A la una de la tarde el cansancio acumulado de cuatro días ya se siente como si te hubiera atropellado un tráiler varias veces, pero el público local no flaquea. El recinto principal mostraba un aspecto soberbio para recibir a Battle Beast y, posteriormente, a Evergrey en el North Stage.
Evergrey es una banda que me encanta en formato disco, pero me pasó un poco al revés que con Avatar: Evergrey no me parece un grupo para un North Stage. Su propuesta es mucho más introspectiva, oscura y de distancias cortas. Su directo en festival apenas varía respecto a lo que les he visto en sala en Madrid, es una línea muy plana que no arriesga. Honestamente, disfruto mucho más de su música en casa mientras edito sesiones de fotos que en el frío de un gran escenario diurno.
Jo, jo… después me fui a saldar una cuenta pendiente con Rain City Drive, una banda de Los Ángeles a la que llevo años siguiendo la pista en redes sociales y no había tenido ocasión de cazar en vivo. Los descubrí con aquel álbum ‘To Better Days’ y su propuesta de post-hardcore metal moderno, guitarras suaves y voces melódicas ultra cuidadas me tiene obsesionada.
¡Y qué absoluto rollazo tienen en directo! Tienen una actitud moderna refinada que en España no tiene equivalente y que en Europa apenas empieza a asomar la cabeza gracias a bandas estadounidenses. Disfruté como una enana de su concierto, sin duda fue muy acertado venir a verlos.
Al salir de la carpa rumbo a la zona de prensa, me pilló de fondo el cierre de Europe con “The Final Countdown”. Probablemente la canción más trillada de la historia de la música, pero hay que reconocer que es un himno transgeneracional infalible. Los habituales del festival los han visto más veces que a sus propias familias, Europe es patrimonio histórico de Dessel.
Más tarde fue el turno del incombustible Alice Cooper. Su directo es un engranaje perfecto: un teatro dramático, gótico y macabro donde cada decapitación, accesorio y movimiento está ensayado al milímetro.
Esta vez contamos con la baja por maternidad de la genial Nita Strauss (¡felicidades desde aquí!). En su lugar había otra guitarrista que, sin querer caer en estereotipos, clonaba demasiado el patrón físico y estético de Nita. Personalmente, me hubiera gustado ver a una guitarrista con un sello e identidad propios aportando una nueva textura a la obra en lugar de mimetizar el rol de su predecesora. Pese a ello, escuchar enlazadas “House of Fire”, “Hey Stoopid” o “Poison” con ese sonido nítido y las pantallas gigantescas siempre es un valor seguro.
Si hay una banda con la que me despelucho y pierdo el control por completo es Electric Callboy. Lo que hacen estos tíos jugando casi en casa es de otra galaxia. Han logrado que el crossover entre el techno noventero centroeuropeo y el metalcore más bailable sea su marca registrada, creando un género propio que nadie ha sabido replicar con tanto éxito. Al fin y al cabo, es la música con la que crecimos muchos, pero aderezada con guitarras pesadas. Le pueden meter pop, una pandereta o bases electrónicas machaconas, todo les encaja.
Viví el show entero desde el mosh pit principal y fue una catarsis de energía y buen rollo. Temazos como “Pump it!”, “Hypa Hypa” o “We Got The Moves” hablan por sí solos. Como curiosidad de barra de prensa: el público madrileño en Vistalegre o los fieles del Resurrection Fest se curran muchísimo más los disfraces y los outfits temáticos para verlos que lo que presencié este domingo en Dessel. Aún así, se llevan mis 10 puntos: son la fiesta andante, transmiten una vibración espectacular y supusieron el gran hito de mi festival.
Tirón de orejas a la organización: ¿Cómo se os ocurre solapar a Electric Callboy con Bury Tomorrow? Hay cruces que deberían estar prohibidos por decreto ley. Me dolió en el alma perderme a Bury Tomorrow porque me encantan, pero como no tengo el don de la bilocación, tocó elegir.
Mi Graspop 2026 terminó con el oscuro magnetismo de Carpenter Brut en el Metal Dome. Todo el rollo synth, darkwave, dark synth de un tío solo con una mesa de mezclas tocando sintetizadores, versiones de los años 80, escoltado por un guitarra y un batería, me reflipa. Los he visto unas cuantas veces y he de decir que su show ha mejorado una barbaridad. La importancia no son ellos como músicos (de hecho visualmente se mantienen en un segundo plano sin buscar protagonismo), sino las luces. Su arquitectura de iluminación está súper sincronizada y es una delicia para cualquier asistente y para cualquier técnico de luces, puedes sentir el ritmo a través de los focos.
Además, capté un cambio de dinámica brillante. A él nunca le ha gustado hablar ni tener importancia en el escenario, y antes, cuando se dirigía a la gente, lo hacía con la boca muy chica al micrófono. Este año ha integrado en las pistas unos slots de contenido pregrabado con consignas programadas tipo “Open the pit” o “I know you are looking for more”. Me pareció una solución creativa brutal: se comunica con el público de forma interactiva pero sigue su línea, siendo fiel a su estilo de mantenerse en un segundo plano detrás de la música y de la identidad visual. Me gustó muchísimo.
¡Y cómo lo petó! Lo increíble de Carpenter Brut es que, siendo música electrónica e instrumental, la carpa era un hervidero donde la gente no paraba de hacer crowdsurfing en bucle. El sonido fue una absoluta fantasía y ver a todo el Metal Dome gozándosela y enloqueciendo con su icónica versión de “Maniac” fue el broche de oro perfecto. Siempre que puedo me escapo a verlos a ellos o a Perturbator, porque son los reyes de este rollo, y terminar mi festival ahí fue insuperable.
Ya recogiendo las cosas en la zona de prensa para preparar el regreso a España, pude escuchar y ver de fondo a Sabaton cerrando el festival por todo lo alto. ¡Pff! ¿Cuántos kilos de pirotecnia se gasta esta gente? ¡Menudo despliegue de artillería!
Pude disfrutar de sus canciones míticas como “To Hell and Back” o “Primo Victoria” desde la barrera de prensa y es innegable que, pese a su temática armada, tienen un rollito alegre de tropa muy pegadizo que pone a todo el mundo a marchar. Tienen una presencia escénica y una puesta en escena que nadie puede poner en tela de juicio. Y con Sabaton y sus fuegos artificiales a mis espaldas me dirigí al bus de vuelta a España.
Conclusiones de una edición diferente: Mi veredicto de Graspop 2026
Graspop siempre es un festival muy, muy agradecido con los asistentes. Desgraciadamente cada vez lo es menos con los medios y la crew que trabaja allí dentro por la reestructuración interna que comentaba al principio, pero mientras la experiencia de cara al público no cambie de forma drástica a peor, todavía es bastante manejable.
Como experiencia global y valorando el nivel del cartel de este año, le pongo tranquilamente un 9. Ha habido bandas para absolutamente todos los gustos y el festival demostró estar preparadísimo para gestionar las dificultades climatológicas:
Organización de 10: A pesar de la alerta naranja por ola de calor, el personal de Cruz Roja patrullaba constantemente, no había apenas colas para los puntos de agua gratuita y los baños siempre se mantenían limpios y ordenados.
Civismo belga: La gente es súper comedida y respetuosa. No encuentras a mucha gente pasada, lo cual es de agradecer, van a disfrutar de la música en familia y con amigos, no a pasarse de la raya.
Ruta alternativa: Aunque los escenarios principales (North y South) lucen increíbles, mi festival este año ha ganado su verdadera alma en las distancias cortas del Jupiler Stage, el Marquee y, sobre todo, moviéndome más por el Metal Dome.
Otro año más, un Graspop a la espalda. Otra experiencia más que recomendable para aquellos que buscan un festival tranquilo, cómodo y accesible en el corazón de Europa. Eso sí, un último consejo de peer: si vienes con la idea de echar fotos, búscate otro festival, porque este formato actual ya no es apto para prensa.
Por mi parte, estoy encantada de haber cambiado la cámara por el boli para traeros esta crónica. Este festival me enamoró la primera vez que fui y espero poder seguir continuando muchos años más.
¡Hasta el año que viene, Graspop!






















































