Texto: Marc Fernández Cardellach
Existe un elemento que sostiene nuestro sistema económico, que permite que existan las cadenas de suministros y que la comida haga cola por nosotros y no al revés: la competencia. Básicamente, ante la imposibilidad de que un solo agente tenga el monopolio de la oferta, este se ve obligado a estar atento a aquello que hacen los que se dedican a algo similar, debiendo ser cauteloso a la hora de determinar un precio, qué servicios dar, qué incluir en su producto e incluso sobre cómo ofrecerlo a un público que puede ser masivo o un nicho. En definitiva, que las empresas compitan es bueno para el consumidor, si bien estresante para ellas.
Sin embargo, lo que se ha visto en los últimos días en las redes sociales de los principales festivales de metal de España, muy poco o nada tiene que ver con la competencia. Como he dicho, las empresas compiten, y es que, aun siendo entidades que persiguen su lucro, no lo hacen en detrimento de nadie, sino intercambiando ese dinero que tanto cuesta conseguir por una experiencia. Por el contrario, lo que se ha visto estos días tiene más que ver con una pelea de patio de colegio o con adolescentes que se increpan por ver quién la tiene más grande, no con profesionales que tienen entre sus manos algunos de los eventos más grandes y esperados del año.
Cierto mentor me dijo en su momento que el mundo del metal en España es un festín de mendigos, una constante pelea entre altivos individuos por darle un bocado a un mendrugo de pan, y nunca antes lo he visto con tanta claridad. Aprovechando la aglomeración de su primera jornada, el Barcelona Rock Fest anunció las fechas de su edición de 2025, que coinciden nada más y nada menos con la de los otros dos grandes festivales: el Resurrection Fest y el Rock Imperium. Las fechas de un festival dependen de un sinfín de elementos, desde la logística inherente a los grandes acontecimientos hasta el calendario de gira del gran cabeza de cartel, pero lejos de perseguir un motivo lógico, esta declaración de guerra solo es un capítulo más de un conflicto lamentable.
Todo comenzó con el fin de la segunda edición del Rock Imperium en 2023, con un cruce de acusaciones públicas entre periodistas y promotores por supuestas crónicas sesgadas con un marcado interés económico, supuestamente no reflejando la que había sido la realidad del festival. Como suele decirse: el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Esta penosa versión de la guerra fría se ha materializado en su particular crisis de los misiles: la coincidencia de tres festivales en las mismas fechas. Algo que debe quedar claro es que en España los metaleros somos cuatro gatos. Somos un país en el que Karol G llena cuatro noches seguidas el Bernabéu, y en el que los fans invierten sus ahorros y sus escasos días de fiesta en hacer un peregrinaje que acapara a los principales festivales de la península. No es raro que el que vaya al Resu en junio luego vaya al Barcelona Rock Fest en julio y termine su periplo en agosto en el Leyendas, siempre que el dinero, el trabajo y la vida lo permitan.
Esta pelea no es algo que se esperaría en este círculo, y afecta directamente al consumidor, la mayor víctima del choque baladí entre estos profesionales. Todo esto solo puede terminar en la victoria pírrica de un festival que parece no mirar por su público, y que de ninguna forma garantiza su continuidad para futuras ediciones.
Porque, hablando en plata, los festivales tienen cuestiones mucho más urgentes que atender como para andar embarcándose en guerras que solo buscan la destrucción de la competencia. Este encamamiento entre promotoras y medios ya venía asfixiando al consumidor desde hace tiempo, que desamparado por la desinformación, no entiende por qué cada vez se le trata peor. No hay que olvidar la precaria situación económica que está atravesando España actualmente, con la presión fiscal en máximos históricos, una inflación desbocada y un poder adquisitivo derrumbado, y es que cuando toca apretarse el cinturón, lo primero a lo que se renuncia es al entretenimiento. No en vano cada vez más grupos se saltan nuestro país cuando anuncian sus giras, pues es muy poco rentable actuar en un lugar en el que los costes son de país nórdico y el poder adquisitivo es balcánico.
Hace tiempo que se habla de que la burbuja festivalera va a estallar, y tal vez esta ha sido la gota que ha colmado el vaso. Promotoras que encerradas en sus torres de marfil han olvidado que viven al servicio del samaritano que paga la entrada, que prefieren perecer en una lucha fútil con sus semejantes a competir con ellos haciendo que el consumidor sea más feliz, que puede salir de esta guerra como un superviviente postapocalíptico sin un festival al que atender.
No tengo una bola de cristal, por lo que ignoro cómo terminará todo esto. Puede que cada festival, que al final del día tiene su base de asistentes bastante consolidada, pueda capear la tempestad y salir adelante, pero también puede que todos estos promotores que se pelean por las migajas que suceden al festín de mendigos se den contra un muro, y que un poco demasiado tarde, descubran que la única forma de competir es ofreciéndole a tu público la mejor experiencia posible, no perjudicando con la esperanza de arrastrar contigo a la competencia.
Como ya he dicho: cuando las promotoras pelean, pierde el consumidor.


