Por Nekrokosmos
Brady Corbet entrega una obra monumental con The Brutalist, una película que explora, con una precisión quirúrgica, los cimientos culturales, emocionales y éticos sobre los que se construyó el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Desde sus primeras escenas, la cinta posiciona al espectador en un espacio de reflexión sobre las dos caras del progreso: creación y destrucción, idealismo y corrupción, belleza y brutalidad.
La película sigue la historia de László Tóth, un arquitecto húngaro y sobreviviente del Holocausto interpretado magistralmente por Adrien Brody. László llega a Estados Unidos con poco más que su talento y sus traumas, pero encuentra una oportunidad de renacer gracias al apoyo de Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), un magnate estadounidense con una mezcla de visión y prejuicios que lentamente revelan un oscuro contraste. La relación entre ambos es el núcleo de la película, un vínculo lleno de tensiones y ambigüedades que refleja temas mayores: el choque entre el viejo mundo y el nuevo, la lucha por pertenecer y el peso de la desigualdad cultural y económica.
La película es enorme, en todos los sentidos: visualmente, emocionalmente y, sí, en duración. Pero cada minuto cuenta, porque Corbet logra llenar la pantalla con imágenes impactantes y diálogos que te dejan pensando días después. Hay una mezcla perfecta entre la crudeza del brutalismo, esas líneas arquitectónicas duras y sin adornos, y la fragilidad de los personajes, especialmente de László, cuya propia vida parece una ruina que lucha por mantenerse en pie.
A través de diálogos cuidadosamente construidos y situaciones cargadas de simbolismo, la película aborda cuestiones como el antisemitismo, el trauma migratorio y las promesas (a menudo rotas) del sueño americano. Visualmente, The Brutalist es una obra de arte. El diseño de producción, con su énfasis en la estética del brutalismo arquitectónico, complementa el tono de la película, subrayando cómo la solidez externa a menudo esconde la fragilidad interna.
Brody entrega una de las mejores actuaciones de su carrera. Su László es un hombre de profundas cicatrices, tanto físicas como emocionales, que lucha por mantener su dignidad y visión artística frente a un mundo que a menudo lo reduce a un símbolo o una herramienta. Por su parte, Guy Pearce se roba escenas como Van Buren, un personaje que transita entre la generosidad y el abismo moral, dejando al espectador incómodo pero fascinado.
A pesar de su ambiciosa duración de tres horas y media, la película nunca se siente pesada. Cada escena está meticulosamente construida, y la música de Daniel Blumberg amplifica la atmósfera, manteniendo una tensión constante entre lo sublime y lo ominoso. The Brutalist es más que un retrato de un hombre o una época, es una meditación sobre cómo construimos nuestras vidas y nuestras sociedades, y sobre las grietas que inevitablemente se forman bajo la superficie. Es una obra profunda y desafiante, que deja al espectador con más preguntas que respuestas, y que confirma a Corbet como uno de los cineastas más interesantes de su generación.


