Texto: Bea Lawless
Fotos: Oliver Heras
A lo largo de los años he leído decenas de crónicas de diferentes conciertos de black metal. Y la mayoría titulan cosas como “La oscuridad se apoderó de (inserte nombre de ciudad)”, “Ritual satánico en La Riviera” o similares. La verdad que hace tiempo me aburrí de eso. De hecho, hay un vídeo genial de Raised by Owls en el que hacen un sketch sobre un CM de una banda de black metal y me parece una situación bastante parecida a la de leer una crónica estándar de un bolo de black.
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El black metal no solo trata de alabar a satán y beberse la sangre de 15 vírgenes, eso es solo rascar la superficie. El black es melancolía, es poesía, es muerte y a la vez vida. Es pura contradicción. Naturaleza, cosmos, filosofía… Es paisaje, es atmósfera, introspección y teatralidad. Va mucho más allá del ruido y la agresividad. Y cuando te paras a escucharlo tiene mucho más que ver con la música clásica que con el puro griterío.
Poder ver a los precursores de esta música es algo que hay que hacer una vez en la vida; si es que te interesa el tema. Mayhem son los padres de todo esto, son un mito solamente con su historia y si encima lo acompañas de la música te da un lore místico inigualable. Venían con nuevo disco bajo el brazo, Liturgy of Death y acompañados de Immolation y Marduk.
La cuota de death metal estaba cubierta con los neoyorkinos Immolation. No todo iba a ser black intenso. Había que desengrasar con un poco de brutal death metal. Diez temas intensos, bestiales que empezaron a calentar a una Riviera con un aforo bastante interesante para ser las 18:30 de la tarde. Hiperagradecidos con Mayhem por incluirles en el tour y con el vozarrón de Ross Dolan destacando por encima de todo.
La gente quería oscuridad, quería corpsepaint y Marduk les dio lo que necesitaban. El carisma de Mortuus es innegable como su talento a la hora de cantar, ya lo era en Funeral Mist y desde que se unió a Marduk cambió radicalmente la deriva del grupo. Durante el concierto hubo una lucha escondida entre el técnico de luces encargado de la máquina de humo y el personal de la sala a los mandos del aire acondicionado.
Cuanto más humo echaba la máquina, más fuerte ponían el aire acondicionado para extraer la niebla que se cernía sobre la sala… una lucha que pagamos todos poniéndonos la cazadora y en ocasiones no viendo más allá de nuestras narices. La verdad es que los suecos suenan como una bestia y el público lo notaba. Panzer Division Marduk o Wolves, temas legendarios, contaron con un extra de intensidad por parte del público. Casi una hora de concierto que hizo las delicias de lo más trves del metal extremo.
Comenzaron los cantos gregorianos. En esa espera tensa entre concierto y concierto, donde la gente se va a fumar, a rellenar sus cervezas de 11 pavos o a comprarse una camiseta del Deathcrush, ya podía notarse algo en el ambiente: Magia, misticismo, maldad… llámalo como quieras. Hellhammer detrás de su inmensa batería y Necrobutcher en el centro del escenario: dos jodidas leyendas del black metal primigenio comenzaron los acordes de Realm of Endless Misery, uno de los adelantos de este Liturgy of Death que nos iban a presentar. Y cuando llegó la hora de la estrofa… El enorme Attila Csihar salió a escena con un atuendo que no sé cómo describir. ¿Papal? ¿Demoníaco? Ambos, posiblemente. Y se puso a hacer lo suyo. Mezclar sus bestiales guturales con esa voz llamémosle operística que tanto nos conquistó en el De Mysteriis Dom Sathanas. Puesta en escena icónica con una gran pantalla en el fondo que proyectaba imágenes legendarias de la banda. Hicieron un repaso por toda su inmensa discografía: Desde temas del Deathcrush, Grand Declaration of War o del Chimera hasta canciones más nuevas como Bad Blood o Weep for Nothing.
El momento catártico de la noche llegó con ese himno que es Freezing Moon. Todos sentíamos la llamada de esa luna helada hasta el más allá mientras se iba elevando en la pantalla gigante e íbamos descubriendo la silueta de la catedral de Nidaros. Puro y absoluto black metal. It´s night again. Night, you beautiful…
Mayhem crearon esto y lo elevan a lo excelso. Cerca de 2.000 personas fuimos testigos embobados de todo lo que pasaba en el escenario: de la agresividad, pero también de la vulnerabilidad. De la rabia, de lo etéreo y de lo material.
Porque el black metal, en el fondo, siempre ha tratado sobre eso: aceptar que dentro de lo humano conviven la luz y la sombra, la destrucción y la belleza, el dolor y la trascendencia. Es una música que no intenta consolarte, sino acompañarte cuando no hay consuelo posible. Una banda sonora para las grietas, para las dudas, para las noches largas en las que uno se enfrenta a sí mismo. Y quizá por eso sigue vivo. Porque, más allá de la estética, de la polémica o de la historia, hay algo profundamente honesto en su esencia. Eso que inventaron, o más bien, descubrieron una panda de chavales imberbes en la oscura y fría Noruega de finales de los 80.
Durante hora y media, Mayhem nos abrieron una puerta, al más puro estilo Lovecraft, a lo cósmico y a lo emocional donde todo era más intenso, más crudo y más real. Un lugar del que, cuando se encendieron las luces, regresamos en silencio, con la sensación de haber estado en contacto con algo difícil de explicar… pero imposible de olvidar.

















