[classicos] Hatebreed – Supremacy: «Destroy Everything» y todo lo que supuso para la banda en estos 20 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Nekrokosmos

Jamey Jasta – Voz
Frank Novinec – Guitarra
Chris Beattie – Bajo
Sean Martin – Guitarra
Matt Byrne – Batería

01. Defeatist
02. Horrors of Self
03. Mind Over All
04. To the Threshold
05. Give Wings to My Triumph
06. Destroy Everything
07. Divine Judgment
08. Immortal Enemies
09. The Most Truth
10. Never Let It Die
11. Spitting Venom
12. As Diehard As They Come
13. Supremacy of Self

En agosto de 2006 ya sabíamos de sobra quienes eran Hatebreed, sobre todo después de ‘Perseverance’ y ‘The Rise Of Brutality’, y para la mayoría no había duda que hasta este punto eran una banda que estaba claramente posicionada en la escena hardcore. Todavía recuerdo cuando me llegó la promo de este ‘Supremacy’ y la puse en el coche, porque pensé inmediatamente en lo cabreados que iban a estar los resukids al escuchar un sonido evidentemente más metalizado que coincidia con su primer lanzamiento para la todopoderosa Roadrunner Records. En estas escenas se toman muy a pecho aquello de «ser un vendido» y Hatebreed habían parido un disco que si bien iba a contentar a muchísima gente que no los conocía, también iba a cabrear al grueso de sus seguidores.

Viendolo en retrospectiva la jugada fue redonda, porque el cabreo duró poco y Hatebreed han salido de ese nicho hardcore que quizás solo les hubiese llevado a ser cabezas de cartel en festivales temáticos del género, a ser hoy día una banda que podría encabezar cualquier festival de rock y metal del planeta tierra. El sonido más embrutecido de su hardcore con respecto al resto de sus contemporáneos no lo habían ocultado jamás, pero fue en ‘Supremacy’ donde ajustaron las tuercas y la mala leche para que el metalero promedio pudiese disfrutar sin complejos.

Lo hicieron en el momento perfecto ya que en 2006 el hardcore y metal estaban más hermanados que nunca gracias al metalcore. Hatebreed llevaban unos años haciendo de puente entre ambos mundos, y aquí equilibraron la balanza hacia el metal. Sobre todo se notaba en las guitarras con esos riffs que parecían más gruesos y presentes, en la batería de Matt Byrne que era una puta apisonadora que no le daba tregua al cuello (compara el sonido de la caja entre el disco anterior y este), y en la producción de Zeuss que no se escondió en ningún momento en su intento de llevar el sonido de Hatebreed a terrenos mucho más duros a la vez que limpios y pasados por la procesadora de un sello que pide temas que puedan sonar en la radio.

Los fans de Hatebreed iban creciendo por montones, gente que nunca había oído escuchar del hardcore se estaba inflando a singles como «Defeatist» o «Destroy Everything», y eso puede que no sentase bien a todo el mundo. Quienes venían del hardcore más crudo y tenían como una biblia el ‘Satisfaction Is The Death Of Desire’ podían echar de menos cierta suciedad y un sonido más underground, sobre todo menos pulido. El mérito está en que sin necesidad de meter solos de guitarras ni cambiar tan drásticamente su sonido, consiguieron gustar haciendo que su música sonase enorme sin dejar de tener vena hardcore. Hicieron una apuesta arriesgada y en lugar de intentar contentar a ambos bandos dejaron que cada uno decidiese si se subía al carro o no.

Canciones cortas, algunas veloces, mosqueadas con el mundo y sin necesidad de estirar el invento hasta el infinito, para dejarte con ganas de darle un puñetazo a la pared. El buque insignia de este cambio de Hatebreed es la canción que a día de hoy es la más pedida de su setlist, porque la cadencia y el estribillo de «Destroy Everything» estaban perfectamente planeados para que fuese coreado por cientos de personas nada mas empezase a sonar en directo. La olla a presión que supone ese tema en cualquier situación es algo que muchas bandas han intentado replicar luego, con mejor o peor resultado. Tampoco es que sea un one hit wonder este álbum, porque «Never Let It Die», «Immortal Enemies» o «Supremacy Of Self» también se convirtieron en favoritas por su actitud y su genialidad más allá del virtuosismo.

Por otro lado estaban las letras, y ahí si se mantuvieron bastante hardcore. La rabia para ellos siempre ha sido el combustible para hablar de resistencia, de superación, de no recrearse en la derrota sino insistir que se puede salir de todo ello. Antes de los motivadores personales y vende humos ya estaba Jamey Jasta haciendo de hermano mayor para patearte el trasero y ponerte las pilas. Si en 2006 muchas bandas aprovecharon el tirón del metalcore para meter melodías empalagosas, estribillos super accesibles y desfigurar sus influencias del melodeath sueco hasta que resulte irreconocible, Hatebreed optaron por la otra vía y en lugar de suavizar las cosas las embrutecieron. Los breakdows seguían ahí, los coros colectivos a lo pandillero seguían ahí, la energía física seguía allí, pero encontró su verdadero ser en escenas más ligadas al metal.

No revolucionó el género ni la escena, pero sí revolucionó la carrera de la banda consiguiendo una fórmula resultona que siguen explotando a día de hoy, con canciones cortas, riffs más grandes que la vida, y una conexión directa con el público que visto lo visto no se puede comprar ni el cheque más gordo. Su valor 20 años después está en lo que despierta dentro de tí, sacar tu lado más animal cuando empiezan a sonar estas canciones, y que con suerte no tengas nada cerca que pueda romperse facilmente. Después de ‘Supremacy’ fue cuando empezaron a llegar los Wacken y festivales del estilo que los exponían a un público para el que hasta entonces eran casi desconocidos.