Por Nekrokosmos
Los hermanos Philippou, mejor conocidos por los más ñoños de YouTube como RackaRacka, pegaron un volantazo brutal con su debut Talk to Me en 2022. ¿Quién iba a decir que los chicos que hacían videos de peleas con muñecos terminarían haciendo cine de terror serio, potente y emocional? Bueno, tres años después, están de vuelta con Bring Her Back, y no es solo más perturbadora, también es más elegante, más dolorosa y más asquerosa.
La historia arranca como un puñetazo al pecho: Andy, un adolescente con alma de adulto (Billy Barrett), y su hermana Piper que es ciega (Sora Wong), encuentran a su padre muerto. Boom. Así, sin anestesia. Los servicios sociales amenazan con separarlos, pero Andy logra que los manden juntos a vivir con Laura (Sally Hawkins), una señora medio hippy, medio mamarracha, completamente inquietante.
Laura es como esa amiga de tu madre que te abrazaba demasiado fuerte y dice cosas raras. Está obsesionada con Piper desde el minuto uno, y no solo porque le recuerde a su hija muerta, que también era ciega. No, lo de Laura va más allá…mucho más allá. Y por si la cosa no fuera lo suficientemente turbia, hay otro niño viviendo en la casa: Ollie, un chiquito silencioso y misterioso que parece sacado de una pesadilla de Guillermo del Toro. Vive encerrado en su cuarto… o arrastrado a un cobertizo cerrado con candado. Tranquilos, todo muy normal.
Sí, Bring Her Back tiene gore para regalar. Las escenas sangrientas están tan bien hechas que te lo vas a pensar dos veces antes de volver a comerte algo con un cuchillo. Pero lo impresionante es que nunca se siente gratuito, todo tiene un propósito. La violencia duele, porque te importa lo que está pasando. Y porque, seamos sinceros, los efectos prácticos están tan bien logrados que dan ganas de aplaudir, aunque sea con miedo.
Pero lo que realmente destaca es el corazón detrás de toda esa oscuridad. Los Philippou no solo quieren asustarte, quieren hacerte sentir. Bring Her Back es, en el fondo, una historia sobre el duelo, la negación y hasta qué punto alguien puede llegar por no aceptar una pérdida. El guion coquetea con los clichés del subgénero “grief horror” (como The Babadook o Lake Mungo), pero les da un giro propio, gracias a sus personajes complejos y actuaciones brillantes.
A pesar del drama y la tensión, los Philippou no pierden su humor raro ni su amor por la cultura australiana. Hay guiños musicales que te sacan una sonrisa en medio del terror, y una narrativa visual muy cuidada. Los símbolos, los sonidos y las escenas se repiten con pequeñas variaciones que te hacen sentir atrapado en un ciclo oscuro del que nadie puede salir ileso. Atentos, que hay una especie de final-cataplasma que te deja respirar. No mucho, pero lo justo.


