El grupo barcelonés Serpent lleva años construyendo un discurso propio dentro de la escena alternativa estatal. Formados en 2017 y herederos de la tradición hardcore punk y post-hardcore de ciudades como Washington o San Diego, la banda siempre ha apostado por el sonido de guitarras más directo y por expresarse en catalán sin complejos. Su nuevo trabajo ‘Absolutisme Zen’ continúa esa línea, siendo un disco frontal, producido por la propia banda y grabado entre Labedoble y Echo Estudi, con mezcla de Santi Garcia y masterización de Víctor García. En esta conversación con la banda hablamos sobre el significado de sus canciones, la desaparición de las salas, la autogestión en el underground, el papel del catalán en su música o la transformación de la escena hardcore en los últimos años.
— Acabáis de publicar el single “Hem buidat la sala”, y en la canción aparece esa broma de “vaciar salas”. ¿Hasta qué punto es humor y hasta qué punto crítica cultural?
El título sí que parte de una broma interna, pero el resto de la canción no lo es. Lo de “hemos vaciado la sala” en realidad es una manera de hablar de algo que está pasando entre todos. No es solo culpa de los grupos, tiene mucho que ver con los hábitos de consumo del público. Cada vez menos gente va a conciertos pequeños en salas y cada vez más gente busca el evento, el “place to be”, el FOMO. Eso ha cambiado muchísimo la manera en que se vive la música en directo.
Antes había una sensación de club secreto, de comunidad.“¡Qué guay, vienen estos a tocar!” y un grupo de gente iba a esa sala concreta porque sabía que allí pasaban cosas interesantes. Ese tipo de escena se ha ido difuminando, y claro, las salas van cayendo una tras otra.
— ¿Puede frustrar más que la sala esté llena pero nadie esté escuchando que directamente tocar para poca gente?
Totalmente. Muchas veces vas a conciertos donde las cinco primeras filas están allí por la música, pero el resto son casi figurantes. Están hablando entre ellos, a un volumen enorme, y no tienen ningún tipo de consideración por el grupo que está tocando. Y claro, eso te fastidia el concierto. También está el tema de los limitadores de sonido. En muchos sitios se baja el volumen para que la gente pueda hablar tranquilamente mientras se toma un gin tonic después del trabajo. Pero un concierto debería ser lo suficientemente fuerte como para que hablar sea imposible. Esa idea de “no molestar a nadie” acaba diluyendo lo que es un concierto.
— En la canción habláis también de esos limitadores y de cómo el ocio musical se ha convertido en una especie de industria de entretenimiento. ¿Creéis que el espíritu original se ha perdido?
En parte sí. Da la sensación de que el mundo en el que nos criamos se ha transformado en una industria de entretenimiento que ha eliminado muchas de las cosas que lo hacían interesante. Ahora los espacios donde realmente hay resistencia suelen ser centros sociales autogestionados o sitios periféricos, lugares donde no hay limitadores ni tantas restricciones.
Pero claro, muchas veces esos espacios quedan apartados en zonas industriales o lejos del centro. Y ahí también entra la comodidad de la gente, coger el metro y desplazarse un poco más para ir a un concierto parece que cuesta cada vez más.
— ¿Siempre ha sido así o ahora la música está más obligada a funcionar como entretenimiento?
En este país la música siempre ha tenido mucho de entretenimiento. Piensa que gran parte de la carrera de muchos artistas ha pasado por hacer giras de fiestas mayores. Eso hace que mucha gente esté acostumbrada a consumir música sin pagar o a verla como algo ligado a la fiesta más que a una experiencia cultural.
— ¿Es más difícil sobrevivir hoy como banda underground, especialmente en una época dominada por la nostalgia?
Sí, es más complicado. Muchos grupos de nuestra generación hacen música inspirada en ciertos referentes, pero el público muchas veces prefiere ver a los grupos originales, aunque estén ya muy lejos de su mejor momento. Es como coleccionar hologramas del pasado en lugar de estar abiertos a cosas nuevas. También hay una especie de “club de viejos rancios”, gente que dice que lo de antes era mejor y que lo nuevo no vale nada. Eso no ayuda a que la escena evolucione. Necesitas un equilibrio, tener cierto romanticismo por el pasado, pero también dejar espacio para que aparezcan cosas nuevas.
Antes el camino era más claro, la industria funcionaba de una manera y los grupos se movían dentro de ese circuito. Ahora muchas bandas empiezan pensando directamente en qué nicho de la industria pueden encajar. Eso a veces hace que el proyecto sea más calculado o más frívolo.
— En vuestro caso apostáis por un disco de guitarras y además en catalán. Hay quien dice que la música de guitarras está muerta. ¿Y cantar en catalán sigue siendo un gesto político o simplemente natural para vosotros?
Para nosotros cantar en catalán es algo muy natural. Es el idioma en el que vivimos y en el que pensamos, así que tiene sentido expresarnos así. Evidentemente también hay una dimensión política, porque es una lengua minoritaria que no tiene el respaldo institucional o demográfico de otros idiomas.
Pero nuestra idea no es hacer música “localista”. Al contrario, creemos que si tienes una lengua válida y preciosa, debes hacer música potente en ella y llevarla fuera sin complejos. La música debería trascender el idioma. Si alguien solo escucha música en un idioma concreto o tiene problemas con que esté en otro, probablemente tampoco le interesa demasiado la música en sí.
— El disco se titula “Absolutisme Zen”. El concepto suena casi amable, pero parece esconder algo inquietante. ¿Qué queréis decir con eso?
Es una especie de dicotomía. El “zen” puede ser una idea de paz o de calma, pero también puede representar una especie de parálisis o anestesia. Y el absolutismo es algo que asociamos a épocas medievales, pero hoy existen nuevas formas de control mucho más suaves.La idea del título tiene que ver con esos nuevos dogmas sociales y políticos que nos rodean, con una sensación de calma aparente que en realidad oculta un control bastante total sobre nuestras vidas.
— Hablando de autogestión, el disco está producido por vosotros mismos. ¿Hasta qué punto delegar en agencias o equipos externos puede cambiar el mensaje de una banda?
Depende mucho del equipo con el que trabajes. Si la gente que te rodea entiende el proyecto, no debería cambiar nada. Pero también hay oficinas que funcionan con la lógica de “tengo que vender esto como sea”, y si hace falta inventarse cosas para promocionarlo, lo hacen. Nosotros hemos hecho muchas cosas por nuestra cuenta, pero también vamos sumando gente al proyecto. Por ejemplo, para la prensa hemos contado con ayuda de amigos, para vídeos hemos colaborado con gente que sabe más que nosotros… No se trata de delegar completamente, sino de ir ampliando el equipo.
— Formáis parte de una generación que viene del hardcore, aunque vuestro sonido no se limite a ese estilo. ¿Cómo veis la transformación del hardcore en los últimos años, con bandas tocando en grandes escenarios o incluso apareciendo en premios mainstream?
Es un tema interesante. Por un lado está bien que bandas como Turnstile lleven guitarras y amplificadores a escenarios enormes y acerquen ese sonido a nuevas generaciones. Pero también cambia mucho el contexto, porque cuando ves a una banda en un recinto grande como el Sant Jordi Club, por definición ya no es punk en el sentido original. Antes un concierto de hardcore era algo muy intenso, sin pausas, casi sin dejarte respirar entre canciones. Ahora hay espectáculos con intros largas, interludios, parones… Son otros tiempos.
— También influye el cambio en la forma de descubrir música, ¿no?
Muchísimo. Antes descubrías grupos porque una banda que te gustaba mencionaba a otra en una entrevista o en un fanzine. Había una especie de arqueología musical, investigar de dónde venía todo eso. Ahora las recomendaciones de Spotify te lo dan todo hecho, y eso hace que se pierda un poco la curiosidad.
— Con todo esto en mente, ¿quién sería el oyente ideal para Serpent?
Es difícil decirlo. Nos gusta mucho cuando alguien que no conoce este tipo de música viene a un concierto y se sorprende. Cuando alguien te dice “No sabía que se podían hacer cosas así”. Eso es muy gratificante. Pero también está bien tener apoyo de gente que ya está dentro de la escena. Al final lo bonito sería que hubiera más grupos alrededor con los que se generara un ecosistema, una escena que se retroalimentara.
— Otra cosa que se ve cada vez más son las bandas tributo. ¿A qué creéis que responde este fenómeno?
Seguramente a una demanda real. Hay mucha gente que está dispuesta a pagar bastante dinero por ver una copia de un artista famoso. Culturalmente en España quizá estamos muy acostumbrados a eso. En fiestas de pueblo, durante años, la manera de escuchar canciones de ciertos artistas era que una orquesta las versionara. Nosotros lo vemos un poco como ir a un museo a ver una fotocopia de la Mona Lisa. Pero claramente hay público para eso, porque cada vez hay más bandas tributo y cada vez llenan más salas.
Para nosotros es un circuito aparte. La mayoría de la gente que va a ver tributos no es gente que vaya habitualmente a conciertos. Es más bien un entretenimiento para un público que quiere recordar algo que le gustaba. De hecho muchas veces son tributos a grupos como Linkin Park. Igual te gustaron mucho en su momento, pero si con 40 años tu plan es ir a ver un tributo de Linkin Park, probablemente tu vida musical no gira alrededor de ir a conciertos.
— Pero también ocupan muchas fechas en salas.
Sí, ese es el principal problema. Muchas salas programan tributos porque les funciona económicamente. Aquí en Cataluña también pasa. En Terrassa, por ejemplo, hay salas que programan casi exclusivamente tributos.
— ¿Alguna anécdota curiosa con ese fenómeno?
Hace poco fuimos a Alfasoni, una tienda de instrumentos en Barcelona, y había dos tipos discutiendo casi a punto de pegarse. Uno decía que era el mejor guitarrista del tributo a Fito & Fitipaldis de España y el otro le decía que los había visto tocar y que eran malísimos. La discusión fue tan absurda que parecía que iban a llegar a las manos.
— ¿Os preocupa que incluso aparezcan bandas tributo en festivales?
Eso sí nos parece más grave. Que estés en un festival con bandas originales y de repente aparezca un tributo… eso sí rompe bastante el espíritu del cartel. Por ejemplo, hemos visto cosas así en festivales grandes como Barcelona Rock Fest, donde al final del día aparece un tributo a AC/DC. Ahí sí que chirría bastante.
— También puede tener que ver con músicos que simplemente quieren tocar.
Claro. Hay gente a la que le gusta tocar por tocar, enchufarse al ampli, tocar canciones y ya está. Y eso es totalmente válido, pero para nosotros tener una banda es otra cosa. Es escribir canciones con tus amigos, desarrollar ideas, decir algo.
— Para terminar: con “Absolutisme Zen”, ¿teméis que alguna parte del disco pueda malinterpretarse?
No debería. La gente que lo ha escuchado hasta ahora, que son amigos o gente cercana, más o menos nos ha entendido. Quizá algunas frases puedan chocar al principio. Por ejemplo hay momentos donde usamos versos del himno de Cataluña como parte de una crítica muy clara al fascismo catalán. Si alguien escucha solo un fragmento puede confundirse, pero si escuchas la canción entera queda bastante claro.
— También hay bandas que buscan esa provocación para hacerse virales.
Sí, pero nosotros no jugamos mucho a eso. Quizá antes nuestras letras eran más poéticas o más indirectas, y en este disco hay momentos más literales. A nivel musical creo que es bastante continuista, suena un poco mejor, quizá un poco más lento, pero seguimos siendo nosotros.
— ¿Diríais que es vuestro mejor trabajo hasta la fecha?
Siempre pensamos que el siguiente será mejor (risas). Pero sí, estamos muy contentos con este disco. Lo seguimos escuchando y sentimos que hemos conseguido lo que queríamos.
BCore publicará el 27 de marzo ‘Absolutisme Zero’, el nuevo trabajo de Serpent.



