Llevo mucho tiempo quejándome de que todo vuelve. Que el cine ya no tiene ideas. Sobran remakes, secuelas y universos cinematográficos. Cuando volvió Star Wars hace ya unos años, todo el hype que se generó tenía mucho más que ver con la nostalgia que con la calidad de las películas. Y, por otra parte, estamos celebrando que vuelva una banda que escuchábamos cuando teníamos quince años. Quizá somos unos hipócritas. O posiblemente hemos entendido algo que Hollywood lleva años explotando: la nostalgia funciona.
SIMPLE PLAN + NECK DEEP + CHARLOTTE SANDS 28/10/2026 | Palacio Vistalegre, Madrid Texto: Oliver Heras | Fotos: Beatriz Blanco
Lo sabemos desde hace mucho. Queremos otra película de El Señor de los Anillos, volver a ver a My Chemical Romance con The Black Parade, que vuelva Oasis y hasta recuperar juguetes y videojuegos que probablemente ni siquiera eran tan buenos.
Yo, por ejemplo, tenía las películas de Scooby-Doo, de Raja Gosnell, en cintas VHS y las vi tantas veces que todavía hoy me sé los diálogos. No eran obras maestras, ni tampoco me importaba. La nostalgia tiene esa pequeña trampa: no echamos tanto de menos las cosas como a la persona que éramos cuando las descubrimos.
Y ayer Simple Plan convirtió el Palacio Vistalegre en una máquina del tiempo bastante más efectiva que cualquier DeLorean o cualquier piedra de Craigh na Dun.
¿Hablamos ya de música? Va. Creo que siempre digo lo mismo, pero… qué difícil es abrir para una banda grande. Charlotte Sands tuvo ese regalo envenenado que es tocar en un recinto como Vistalegre, pero parcialmente vacío, en una tarde de martes. La cosa fue creciendo con Neck Deep, que consiguió que la pista empezara a calentarse y que Vistalegre fuera llenándose poco a poco.
El sold out llevaba tiempo anunciado, pero creo que fue otra de las trampas que nos pone la industria y de la que me gustaría hablar, aunque hoy no es ese día. Hoy hablamos de Simple Plan y de cómo, con el primer acorde de I’d Do Anything, todo se fue a tomar por culo. Grupos de treintañeros, adolescentes y alguna que otra persona que posiblemente ya estaba pensando en su plan de pensiones saltaban como si mañana no hubiera que levantarse y encender el Teams.
Porque esa es otra de las cosas maravillosas de la nostalgia: el cuerpo sabe perfectamente que tienes treinta y tantos y que tu dolor crónico de rodilla está en su punto álgido, pero durante un estribillo decide que le da igual. Simple Plan celebraba sus veinticinco años y el público parecía celebrar los suyos.
Pierre Bouvier ayudó bastante a que aquello se convirtiera en una fiesta. En uno de los momentos más absurdamente perfectos de la noche, presentó a la banda utilizando sus nombres en español: Pedro, Carlos Andrés, Sebastián y Juan Francisco… El público convirtió Vistalegre en una grada de fútbol coreando «PEEEEEEDRO, PEEEEEEDRO». Imagino que a Santiago Abascal no le gustaría nada.
Durante Untitled, Pierre se fue hasta el piano colocado en la mesa de sonido y la noche cambió durante unos minutos. Fue un momento mucho más íntimo y bonito.
Durante Million Pictures of You, Pierre se subió a la grada y empezó a cantar entre el público. La gente que saltaba a su alrededor se volvió loca. Todo el mundo quería sacarse selfies con él porque, si tu ídolo de los quince años se te planta al lado y empieza a cantar, ¿cómo no vas a querer tenerlo inmortalizado para siempre?
Y quizá ahí estaba resumido todo el concierto. No era solo una banda tocando canciones que llevan más de veinte años sonando. Era una generación encontrándose con una parte de sí misma. Porque la nostalgia no consiste tanto en echar de menos aquello que teníamos como en echar de menos quiénes éramos cuando lo descubrimos. Simple Plan tiene la capacidad de hacer exactamente eso. Durante un rato no importa que hayan pasado veinticinco años, ni que ahora haya gente en la pista que tenga treinta y tantos, trabajo, hipoteca o una espalda que cruje cada vez que se agacha. Basta con que empiece una canción para que una parte de nuestro cerebro decida que seguimos teniendo quince años.
Lo curioso es que ayer había adolescentes viviendo exactamente la misma experiencia, pero sin nostalgia. Para ellos, Simple Plan no es un recuerdo de adolescencia. Es su presente. Ellos no están volviendo a los 2000 porque todavía no tienen que volver a ninguna parte. Algún día serán ellos quienes escuchen una canción de 2026 y sientan que, de repente, vuelven a tener quince años.
Por eso nos pasamos la vida criticando el negocio de la nostalgia mientras seguimos cayendo en él una y otra vez. Porque no queremos que nos devuelvan el pasado; queremos que, aunque sea durante dos horas, el pasado nos devuelva a nosotros.
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